Con estupor, no exento de enorme dolor, nos despertamos con tristeza por la noticia de la trágica e inesperada muerte del Dr. Carlos Soria, gobernador de Río Negro que alcanzó a ejercer por veintediez días el gobierno de su provincia. No voy a hacer, de ninguna manera, una misiva oficial sino que me referiré desde el punto de vista personal y desde mis propios sentimientos hacia un hombre con el que compartí durante años la tarea legislativa y mantuve a lo largo del tiempo una estrecha relación amistosa y, en muchos aspectos, fraternal.
Recuerdo haberlo visto por última vez hace un año -tal vez un poco más-, en un viaje que hice a Mainqué, un pueblito pequeño del centro de la provincia de Río Negro, invitado por sus concejales a dar una charla en un ámbito muy particular como era la cancha de básquet de una escuela secundaria del pueblo. Grande fue mi sorpresa cuando apareció “El gringo Soria”, rodeado de compañeros en su mayoría jóvenes, a escuchar a un veterano relatar la historia oral de las vivencias extraordinarias que atravesamos a mediados de la década del 40’ del siglo pasado con la presencia de Juan Domingo Perón en el escenario político y en la vida de todos los argentinos. Fue él, Soria, quien cerró el acto relatando pormenorizadamente lo que pretendía para su provincia en caso de ganar -como él estaba seguro que ocurriría- en las elecciones llevadas a cabo el 23 de octubre pasado.
Lo conocí en los pequeños detalles, en la cotidianeidad, en el trato personal como un hombre importante en el esquema del Bloque Justicialista de la Cámara de Diputados de la Nación. Él supo contactarse no sólo con todos sus compañeros -que éramos nosotros, hombres y mujeres del peronismo- sino también con los adversarios, era el encargado en muchas ocasiones de “armar” el tan importante acto que es cada sesión que desarrolla la Cámara de Diputados, lugar en el que está explícitamente expuesta la voluntad popular de toda la República.
Carlos también era el encargado del “trabajo parlamentario fino”, como era acordar con los jefes parlamentarios de otros bloques en búsqueda de las mayorías, siempre necesarias para sancionar leyes afines, no sólo al interés del gobierno de turno sino también a las necesidades que el pueblo sabe reclamar y exigir.
En mi caso personal lo recuerdo, allá por fines de 1989 cuando la UCR aún tenía mayoría en la Cámara, cuando llegó al ámbito de la Comisión Bicameral de Biblioteca a decir que el nuevo presidente debía ser quien esta carta escribe, se refería por supuesto a la Biblioteca del Congreso de la Nación. Sin su decidida presencia y la dureza con la que se planteó el tema -del que fui testigo- ante el Dr. Alberto Prone, un honorable diputado de la UCR que falleció siendo aún muy joven, al poco tiempo de dejar la tarea parlamentaria, la designación hubiese sido imposible. Recuerdo nítidamente que Prone se resistía a entregar, después de seis años de absoluta hegemonía del radicalismo dentro de ese ámbito tan amado y por el que tanto intenté realizar, en procura de hacer de la Biblioteca del Congreso uno de los lugares más significativos del Parlamento argentino, cosa que se logró con el paso del tiempo. Si el “Gringo” no hubiese intervenido oportunamente, nada de esto se podría haber logrado.
Todos estos detalles marcan nítidamente la fuerte personalidad de un hombre que en forma absolutamente inesperada y hasta absurda, porque le costó muchísimos años de esfuerzo al “Gringo Soria” llegar a gobernar una provincia que amaba, lo que me consta al ver la reacción de la ciudad que gobernó durante dos períodos -Gral. Roca-, una ciudad prolija y pulcra con gente que lo quería profundamente. Esta gente, junto con el resto de los habitantes de la hermosa provincia de Río Negro, terminó haciéndolo gobernador de sus destinos. No pudo esto concretarse más allá de veinte días.
Vaya a saber qué se entrecruzó en el destino de las dos personas que intervinieron en este doloroso hecho, eso quedará para la Justicia, no sé si de los hombres, pero estoy seguro que de El Supremo, quien al final podrá dar consuelo a quienes quedan y lo siguen en el camino de la vida. Sabemos que Martín Soria, su hijo mayor, gobierna hoy la ciudad que él dejó tras trasladarse a la casa del Gobierno Provincial.
Espero que la historia de los rionegrinos recoja a este hombre como un luchador incansable que tenía un fuerte compromiso ideológico con el peronismo, que nunca renegó del mismo y que se vanagloriaba al hablar de las banderas que lo distinguen: la Justicia Social, la Independencia Económica y la Soberanía Política. A este grande que ha partido “Gloria y Honor” y, sobre todo, memoria colectiva para recordarlo como un grande hombre.
Su amigo,
LORENZO PEPE
Diputado de la Nación (m.c.)
Secretario General