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“Concibo el municipio como una comunidad de vida con un gobierno propio, cuyos problemas han de enfocarse, plantearse y resolverse teniendo en cuenta la naturaleza de la propia comunidad, sus necesidades y sus fines, su situación y sus recursos”, sostenía el coronel Perón en su discurso de clausura de la Primera Reunión Nacional de Municipios.

 

El 17 de marzo de 1945, el general Edelmiro Farrell convoca a la Primera Reunión Nacional de Municipios, que es clausurada por el entonces coronel Juan Perón el 23 de marzo del mismo año. En este encuentro,  “se aprueban, entre otras recomendaciones, la reforma de la ley 1532; un vasto plan de obras y servicios públicos; la reglamentación de leyes nacionales de acuerdo con las necesidades de los Territorios; la participación proporcional de los municipios en el impuesto a los réditos; la designación de los gobernadores entre los nativos o residentes; el derecho a la representación parlamentaria y la participación en la elección presidencial”. Aquiles Ygobone: La Patagonia en la realidad argentina. Estudio de los problemas económicos, sociales, institucionales de las gobernaciones del Sur, Buenos Aires, Ed. Ateneo, 1945, pp.422-423.

 

Palabras del coronel Juan Perón en la clausura de la Primera Reunión Nacional de Municipios

23 de marzo de 1945

 

Después de los densos debates sostenidos en el curso de las deliberaciones y de los discursos de las sesiones inaugurales y de la que estamos realizando, poco podría decir que no corra el riesgo de invadir el campo de los especialistas de las múltiples materias que han sido tratadas en la Primera Reunión Nacional de Municipios.

Pero no debo llamarme a silencio cuando vibra mi corazón con vuestro propio entusiasmo y quiero sentirme, una vez más, como parte integrante de vuestro propio ser y compartir vuestras inquietudes. No podría tampoco dejar que os alejarais de Buenos Aires, donde habéis traído la presencia física de nuestros hermanos del interior, sin que os diera un abrazo de despedida que sea, a la vez, promesa de imperecedera amistad.

Mucho he reflexionado durante estas dos semanas de labor comunal sobre los problemas permanentes de nuestros municipios y los transitorios que pueden presentarse en la posguerra. Muchas han de ser las medidas de carácter pasajero que puedan ser tomadas para superar los inconvenientes del pasaje de la guerra a la paz. Otras habrá que incorporar al acervo legislativo de las épocas normales. Lo que no podemos prever, ni siquiera imaginar, es si la evolución legislativa que en el porvenir experimente el derecho municipal llegará a dar forma jurídica completamente definida a todas las cuestiones que la excepcional situación del mundo nos ha señalado como de inaplazable estudio en los momentos actuales.

No sería prudente predecir esta trascendental transformación, ni podemos entrever si las funciones de los organismos municipales del futuro serán más amplias o más restringidas que las que el vigente derecho encomienda a los actuales. Pero, sin entrar en el análisis del mayor o menor alcance sustancial del derecho de fondo que rija lo organismos comunales, juzgo conveniente que los técnicos, eruditos y especialistas en asuntos municipales estudien si ha llegado la oportunidad de emprender la codificación de nuestro derecho municipal. Este sería el primer escalón de una obra de mayor envergadura cuya necesidad es, sin duda alguna, tanto o más sentida: la codificación del derecho administrativo argentino. Así terminaríamos con la anarquía en que se debate el ciudadano frente a los problemas que le crean sus relaciones con las diversas jerarquías de la administración pública. Concibo el municipio como una comunidad de vida con un gobierno propio, cuyos problemas han de enfocarse, plantearse y resolverse teniendo en cuenta la naturaleza de la propia comunidad, sus necesidades y sus fines, su situación y sus recursos. Debido a este respeto que siento por las comunidades locales, células más o menos desarrolladas –pero siempre expresión de una personalidad definida–, he considerado que debían ser llamadas a colaborar con el Gobierno de la Nación en los momentos en que a través del Consejo de Posguerra se están estructurando los planes y señalando las orientaciones que han de servir al país para reordenar su vida económica-social.

No podían estar ausentes los municipios de esta tarea, porque debía llegarnos el aire purísimo del interior y con él nueva savia que robustezca nuestra mente y reavive el ritmo de nuestro corazón. No valdría lo primero si faltara lo segundo, porque no es la inteligencia sino el corazón el único manantial copioso de las grandes obras, ya que solo en él reside el talismán que mueve y cautiva voluntades, que congrega a los hombres y los saca de su soledad para sumarlos a las grandes empresas colectivas. La inteligencia establecerá los resortes para que las organizaciones se formen, consoliden y prosperen; pero el único motor capaz de mover las voluntades es el corazón, porque en él reside la fuerza creadora e incontenible del amor. Apreciaréis si es o no es cierto lo que os digo con solo pensar en cuál es el sacrificio que no somos capaces de soportar por el amor a nuestra madre o a nuestra Patria.

Se comprenderá, pues, que concibiendo el municipio como una comunidad de vida, no participe de la concepción abstracta de unos municipios sujetos a un modelo único, al que deban ajustarse todos, desde aquel rural de pocos vecinos hasta el de la gran metrópoli porteña. Las necesidades rudimentarias de una comunidad rural entrañan problemas notoriamente distintos de los que agitan la vida material y espiritual de una gran ciudad como Buenos Aíres. Se comprenderá así mi personal satisfacción al haber podido examinar por mis propios ojos las inquietudes y aspiraciones de todos los núcleos municipales de mi Patria, en circunstancias como las presentes, en que se puede acudir a remediar una necesidad y, lo que es más interesante, se puede conjurar esta necesidad con otras análogas de otros municipios, sean vecinos o alejados entre sí por miles de kilómetros.

En el gigantesco ordenamiento económico-social que proyectamos han de tener cabida todas vuestras inquietudes y todas vuestras aspiraciones. Si no fuera así, habríamos desperdiciado un tiempo valiosísimo, de cuya pérdida me consideraría responsable ante el país. Sin embargo, me anima la esperanza de que esta Reunión Nacional de Municipios ha escrito en los anales de nuestra historia elocuentes páginas que inspirarán el renacimiento de nuestras virtudes cívicas. Afirmación que no será exagerada si consideramos que el espíritu de cooperación social desborda en cada línea que habéis escrito. Este sentimiento de hermandad que fluye de toda la obra realizada, esta aproximación real y efectiva entre hombres de todas las latitudes de nuestro vasto territorio, esta compenetración de las angustias y problemas recíprocos, esta alegría por las mejoras logradas y apetecidas por los demás, fundada en el gran amor a la patria común, constituye para nosotros y para el porvenir una simiente que arraigará con raíces profundas y se desarrollará con tallos vigorosos que no será fácil arrancar en el futuro. A todos nosotros toca cuidar que no se malogre, y traspuesto el período crítico de la posguerra, podremos esperar con tranquilidad las buenas cosechas que se sucederán hasta la lejanía de los tiempos.

No exagero cuando afirmo que nos encontramos ante un verdadero renacimiento nacional. Todo debe germinar, florecer y fructificar. Necesitamos un renacimiento total de nuestro modo de ser, y al tiempo que aprovechemos todo lo bueno que constituye la nervatura del carácter de nuestro pueblo y de nuestra raza, debemos hacer un acto de fe en nosotros mismos y un acto de confianza en el futuro esplendor de nuestra Patria.

Fomentar las artes, las industrias, las bellas letras: impulsar los estudios filosóficos, jurídicos y las más variadas ramas del saber; modernizar –estilizándola, perfilándola, despojándola de lo superficial– toda nuestra legislación; incrementar por todos los medios las fuentes del saber humano, los institutos de investigación y de enseñanza…

Debemos honrar los talentos, el trabajo y a los artistas, reverenciar la magistratura y a las autoridades que se destacan por su saber, por su virtud, por su patriotismo; debemos elevar a los cargos públicos a los hombres de mérito, salidos del pueblo; debemos enseñar a los magnates cuáles son sus deberes de solidaridad social, porque la cuna dorada ha dejado de ser un título de monopolio para los honores, las influencias y la participación del poder. Debemos ser un ejemplo constante de amor propio.

Pero que nuestro patriotismo flote purísimo y encendido como un hálito de bendición, patriotismo congénito, inadvertido, indefectible que actúe sobre nosotros y sobre nuestros ciudadanos y sobre todo los hombres del mundo con la comunicación emotiva que sólo puede engendrar la sinceridad.

Llevad a vuestras ciudades, a vuestros pueblos, a vuestros lugares; llevad a las grandes asambleas, a la plaza pública o a la intimidad de vuestros amigos y de vuestro hogar el deseo fervoroso de que nuestra Patria viva días luminosos de su historia, forjados con el esfuerzo paciente y abnegado de todos sus hijos; llevad el deseo fervoroso de que ni ricos ni pobres pierdan la fe en el insobornable afán de justicia distributiva que nos anima y que permite, sin lesionar derechos legítimos, barrer para siempre la miseria y la desigualdad irritante; llevad el anhelo de que ni un solo habitante de este próvido país deje de prestar su concurso a la obra de renacimiento moral y material de la Nación, en la seguridad de que su esfuerzo será recibido y estimado en igual medida que la lealtad con que lo preste.

Vosotros debéis ser la avanzadilla que llegue a todos los confines argentinos, plante el mástil, enarbole la bandera y proclame que somos un país de hombres y mujeres esforzados que tienen como finalidad esencial de vida servir a la Patria para engrandecerla y hacerla respetar.

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