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El 17 de octubre de 1951, en el balcón de la Casa Rosada, Evita recibió de manos del general Perón, la Gran Medalla Peronista en Grado Extraordinario. Estaba muy pálida y había saludado varias veces al pueblo reunido en la Plaza de Mayo, sostenida por Perón.
Después de recibir la medalla, se fundieron en un largo abrazo y, al verla tan emocionada, él tomó micrófono y comenzó a hablar.

«Nunca podría haberse resuelto un homenaje más justiciero, más hondo y más honorable que esta dedicación del 17 de octubre a Eva Perón. Ella no es sólo la guía y la abanderada de nuestro movimiento, sino que es también su alma y su ejemplo. Por eso, como jefe de este Movimiento Peronista, yo hago pública mi gratitud y mi profundo agradecimiento a esa mujer incomparable de todas las horas.
Ella, para nosotros, nació con el justicialismo. Lanzó a las falanges peronistas el soplo vivificador de su espíritu incomparable, para iluminarlo y proyectarlo hacia los fastos de la historia de la Nación…
Estaría de más que yo dijese a esta masa viviente del pueblo argentino, cuales son los méritos de la Fundación Eva Perón. Ellos a lo largo de todos los caminos de la Patria van recibiendo los beneficios generosos y humildes de esta institución benemérita que ha fijado para todos los tiempos de la historia argentina la figura de Eva Perón como una de las mujeres mas grandes de la humanidad…
El partido Peronista Femenino, obra de su inteligencia y su espíritu realizador, constituye en nuestro país, como entidad política, un ejemplo de organización, de disciplina y de subordinación a la doctrina peronista.
Ella, con una capacidad natural para el manejo político de las masas, le ha dado a este movimiento peronista una nueva orientación, una mística y una capacidad de realizaciones en el campo político, que ha puesto a la mujer casi a la par del antiguo movimiento cívico argentino, con muchos años de tradición y de existencia.
Ella, durante estos seis años, me ha mantenido informado al día de las inquietudes del pueblo argentino. Ese maravilloso contacto de todos los días en la Secretaría de Trabajo y Previsión, donde ha dejado jirones de su vida y de su salud, ha sido en holocausto a nuestro pueblo, porque ha permitido que, a pesar de mis duras tareas de gobierno, haya podido vivir todos los días un largo rato en presencia y contacto con el pueblo mismo.
Aparte de todo ellos, ella ha tenido, con su tino maravilloso, la guarda de mis propias espaldas, confiadas en su inteligencia y su lealtad, que son las dos fuerzas más poderosas que rigen el destino y la historias de los hombres.»

 

 

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