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El 23 de septiembre de 1947, durante el gobierno del presidente Juan Domingo Perón, se promulga la Ley 13.010, sobre los derechos civiles de la mujer.

Una gran multitud se congregó para recibir los nuevos derechos de manos de sus representantes. Evita se dirigió a las mujeres, pronunciando un emotivo discurso, del cual transcribimos un pequeño pero significativo párrafo:

“Mujeres de mi Patria: recibo en este instante de manos del gobierno de la Nación la ley que consagra nuestros derechos cívicos. Y la recibo entre vosotras con la certeza de que lo hago en nombre y representación de todas las mujeres argentinas, sintiendo jubilosamente que me tiemblan las manos al contacto del laurel que proclama la victoria. Aquí está, hermanas mías, resumida en la letra apretada de pocos artículos, una historia larga de luchas, tropiezos y esperanzas. Por eso hay en ella crispación de indignación, sombra de ataques amenazadores, pero también alegre despertar de auroras triunfales. Y eso último se traduce en la victoria de la mujer sobre las incomprensiones, las negaciones y los intereses creados de las castas repudiadas por nuestro despertar nacional”.

 

Más tarde, el general Perón, emocionado ante la gran concentración reunida, se dirigió a los hombres y mujeres con el siguiente discurso:

“Conciudadanas y conciudadanos:

La ley, reconociendo los derechos civiles a la mujer, modifica un estado de cosas que representaba ya en nuestro medio un anacronismo político. Reconoce que no habíamos cumplido integralmente nuestra Constitución. Este derecho, que asiste a la mujer igual que al hombre, ampliamente reconocido, viene a llenar un vacío que la moral y el espíritu de la Nación estaban imponiendo desde hace mucho tiempo.

Recordemos que desde los viejos tiempos de la infancia gloriosa, los hombres lo hacían por sus mujeres. Recordemos que en nuestra historia la mujer luchó desde los cimientos de nuestra nacionalidad al lado de su hombre. En los primeros combates por nuestra independencia, a lo largo de toda la historia argentina, la compañera inseparable del hombre que luchó y murió por nuestra causa fue su mujer.

Resabios de la incultura y la incivilización de pueblos primitivos se han mantenido en las mentes de algunos hombres, para quienes la cultura no ha representado sino un beneficio material. Estos resabios son los que han permitido llegar hasta 1947 con la mujer relegada a un lugar secundario en la vida de este pueblo, cuando ella debe ser la formadora de la nacionalidad, ya que es la primera maestra del niño desde su cuna misma. Es allí, en la misma cuna, donde comienza a enseñarle al hombre que debe ser honrado, que debe ser virtuoso y que debe ser patriota.

Hemos de darle a ella el derecho de intervenir en las grandes decisiones del pueblo, cuando ella representa el comienzo de la vida. Ella abre los ojos de sus hijos y cierra los ojos de sus viejos. Ella, que nace con la abnegación y el sacrificio como normas de su vida y de su desarrollo. Ella, que vive sacrificada, ella que vive abnegada, ahora va a tener el derecho de compartir con el hombre las decisiones que nos conciernen a todos en la vida de la Nación.

Doy estos derechos legales, los que han llegado a formar en nuestras clases dirigentes, sectores devenidos de elementos frívolos e inoperantes en la nacionalidad. Mujeres que no han pensado jamás en el bien de sus hombres, sino en disipar una vida con moral o sin ella; no son esas las mujeres que necesita la nacionalidad. El pueblo, el país, la Nación, necesitan mujeres que luchen por perfeccionar nuestra realidad presente. Mujeres que sean buenas madres, buenas compañeras de sus hombres y que no cometan la enormidad de matar sus horas esperando que el tiempo las mate a ellas sin haber hecho otra cosa.

Los derechos cívicos reconocidos a la mujer argentina son una vindicación de la memoria espuria de los hombres, que no reconocieron a su madre ni a sus hermanas el derecho de inmiscuirse en los negocios de la Nación que nos conciernen a todos.

Pero no olvidemos que con esos derechos nace un deber. A las mujeres que pensaron en nuestra tierra que esa obligación es la de dar hijos sanos y la de formar hombres virtuosos para que sepan sacrificarse y luchar por los verdaderos intereses de la Nación.

Que cada mujer piense que su obligación ha aumentado. El Estado, paralelamente a esos derechos, tiene la necesidad de obligar y de exigir que toda madre sea una maestra para sus hijos, que cada mujer en su casa construya un altar de virtud y de respeto para la familia. Que ella intervenga en la vida pública, defendiendo esa célula de la sociedad que es la familia, defendiendo ese hogar que para cada una de las mujeres debe ser sagrado. Que mientras el hombre gasta sus energías para alimentar ese hogar, ella ha de construir el alma que infunde el respeto a la virtud, que es la suprema de las condiciones humanas.

Que cada una de las mujeres que intervenga en la vida pública sea un modelo de esa fuerza espiritual que ha de complementar la acción de los hombres para que en esta bendita tierra argentina podamos construir una sociedad que se afirme en los cimientos de la virtud, fundada y mantenida por la mujer en los valores materiales y morales que el hombre ha de defender con su brazo y con su músculo.

Este maravilloso espectáculo de ver a las mujeres y a los hombres mancomunados en iguales ideales, con los mismos objetivos, pensando a través de los tiempos, la mirada altiva de esta Nación gloriosa e ilustre, hermosos y numerosos actores en nuestra vida nacional…

Los nuevos valores del mundo incorporan a este torrente de la sangre nacional, destinada a reivindicar y a establecer nuevos valores. Que esos valores, que la mujer pondrá hoy en juego, nos lleven a mejores destinos, y que cada uno de nosotros, en estos momentos, debemos hacernos la firme convicción de cumplir.

Señores, ¿cómo están? Comienza a llover… Yo les pido que como hay tantas señoras en la concentración, y como esta es tan inmensa, deben desconcentrarse y mantenerse con total tranquilidad. Y les pido, como siempre, en el futuro, hombres y mujeres, que todos los días, al terminar la jornada, nos preguntemos si durante el día hemos hecho algo para la Patria y para la familia”.

El 11 de noviembre de 1951 las mujeres argentinas pudieron votar por primera vez.