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Aún se debate qué día debería celebrarse el Día de la Industria. Actualmente, se celebra el 2 de septiembre, debido a que en esa fecha, pero de 1587, zarpó el primer barco con una exportación argentina hacia Brasil (hoy considerado más como un hecho comercial que industrial). En cambio, hubo una época en que se celebraba el 6 de diciembre, día en que, en 1793, el Gral. Manuel Belgrano asumió el cargo de Secretario del Consulado Argentino en Europa, marcando con ese hecho el inicio del desarrollo de la industria argentina, ya que a partir de entonces se realizaron acuerdos para el desarrollo del sector.

A poco de asumir como Presidente de la Nación, el Gral. Juan D. Perón, pronunció un discurso de celebración por el Día de la Industria, el 6 de diciembre de 1946, que ofrecemos a continuación:

En este día que festejamos el Día de la Industria Argentina, está bien que entre argentinos también recapitulemos, siquiera sea brevemente entre nosotros, sobre el significado que el mismo tiene para nuestra Patria. Todos más o menos hemos pasado horas de estudio y de vigilia sobre los textos comunes de economía política. De ellos hemos sacado muchas ideas científicas. Hemos construido alrededor del famoso principio heródico tantas ilusiones que quisiéramos verlas transformadas en realidades. Pero lo que la economía política no da es el sentido común que todos tienen en mayor o menor grado.

El uso del sentido común, en nuestro tiempo, puede valer más que todos los textos de economía política juntos. Hemos asistido nosotros, hombres de una generación todavía joven, al derrumbe de tantos grandes principios de la economía política; hemos asistido al derrumbe de enormes construcciones de la inteligencia basadas en esos grandes principios; hemos asistido también a nuevas construcciones basadas, hoy más que nunca, en nuevos sentidos de la vida, que han sobrepasado toda la ciencia y toda la teoría.

La República Argentina, como todos los pueblos de la tierra, a lo largo de todos los tiempos, no puede escapar al fatalismo geográfico y menos aún al fatalismo de su desarrollo progresivo.

Como todos, nosotros comenzamos siendo un pueblo pastor, después fuimos un pueblo agricultor y ahora sentimos la necesidad de ser un pueblo industrial. Mientras fuimos un pueblo pastor, rudimentariamente civilizado, con pocas exigencias y con pocas ambiciones, nos conformamos como se conforman los pobres: con vivir con un mínimo de felicidad y con un mínimo de independencia. Cuando fuimos agricultores, aumentaron nuestras necesidades y aumentaron también nuestras aspiraciones.

Vencido el tiempo, con nuestro esfuerzo y con nuestro sacrificio, llegamos a abrir las puertas de esa enorme fábrica que es la humanidad, para siquiera tocar de lejos y ambiciosamente la primera rueda dentada de los buenos tiempos de la industria.

Y, señores, vimos desfilar paulatinamente, en ese devenir de los tiempos y de nuestra civilización, mayores necesidades y mayores aspiraciones. Por eso no es raro encontrar que nuestro pueblo vivió disociado por las grandes necesidades, y solo las grandes aspiraciones unen a los hombres para desarrollar un esfuerzo común. Por eso no es extraño ver a este pueblo en una mirada retrospectiva dividido en sectores donde los agricultores, donde los ganaderos y donde los industriales no se habían juntado sino para discutir cuál de ellos debía tener primacía dentro del Estado. Hoy, todos esos problemas se miran de distinta manera, y agradecemos a la Providencia, que inspiró a nuestros hombres que producen, que elaboran y que comercian con nuestra riqueza, que nos encuentre sentados en la misma mesa y disfrutando del mismo pan que ellos producen, que ellos industrializan y que ellos comercian.

Para los que miramos la vida de cierta manera, el Día de la Industria Argentina tiene este nuevo significado: ver unidas las actividades que cierran el ciclo económico de los pueblos, ver que comenzamos a realizar una nueva función de mancomunidad, que equivale a decir de cooperación y de colaboración inteligente, para que el que produzca diez vea convertirse, por la elaboración, ese índice diez en el índice cuarenta y para que vea también el que produce y el que valora que, por una comercialización inteligente y prudente, ese índice diez que la industria elevó a cuarenta, la comercialización consigue elevarlo a ochenta.

Esta obra de colaboración, que complementa lo que la naturaleza da a los pueblos, es obra de la inteligencia y del empeño del hombre. Por eso digo que, por sobre todas las reglas científicas de la economía política que rigen la inteligencia de los hombres, hay un sentido nuevo de la vida que esa inteligencia no puede suplir en lo que cada hombre pone de buena voluntad y de corazón en la realización de una tarea conjunta –que individualmente ejercitada perjudica al hombre y a la colectividad.

Por eso, señores, yo veo como simple ciudadano, con un inmenso placer, la conjunción de las fuerzas de los que producen con los que industrializan, con los que comercializan y con los que trabajan.

Pienso que eso solo construye; que toda disociación o lucha entre esas fuerzas, que son una sola fuerza en la continuidad del tiempo y del espacio, no puede ni debe tolerarse en los pueblos modernos. Esa continuidad del esfuerzo en la buena voluntad para la tarea de engrandecer a los pueblos nos está construyendo una Argentina pletórica de riqueza y de felicidad, y la disociación y la lucha nos está mostrando un viejo mundo, miserable y roído por los enconos y las reyertas que van durando demasiado. Muchas veces he dicho que lo único que puede salvar de cualquier asechanza al destino argentino es el desarrollo de una conciencia social dentro de nuestro país, pero una conciencia social integral, sin excepciones inútiles y sin retaceos que estarían de más. Tanta conciencia social debe tener el Gobierno como las fuerzas del capital y del trabajo.

Cada uno, desde su ángulo, mira esa conciencia social y la propugna; y en cada uno, en este esfuerzo mancomunado de los que producen y de los que trabajan en la transformación de la materia inútil en materia útil –que no es otra cosa que la explotación de la riqueza–, la conciencia social rige hasta el mínimo acto, sea del patrono o sea del obrero, y el día que los pueblos entiendan que tanta conciencia social necesita el mandatario como el patrón y el obrero, los problemas que hoy han afligido a la humanidad entera habrán desaparecido como lucha para presentarse como colaboración.

Me siento completamente feliz de haber negado esta noche hasta aquí para contemplar esta reunión de hombres de buena voluntad que, con el mismo patriotismo que nosotros y el mismo sentimiento, han adosado su función de todos los días con un poco de idealismo y de nueva mentalidad para terminar con aquellas asociaciones cerradas de círculo que no pueden conducir a la felicidad de nadie –ni siquiera a quienes los explotaban–, para convertirse en una sociedad abierta donde todos los hombres disfrutan de los mismos derechos y de las mismas obligaciones, donde cada uno sea padre de sus obras y donde cada uno ponga también un granito de arena de su buena voluntad para que en su trabajo de todos los días pueda hacer algo por sí y también algo por los demás.

Alguna vez se me ha presentado como enemigo del capital y yo, señores, distingo bien lo que es capital y no soy su enemigo, pero sí soy enemigo del capitalismo.

Hay una diferencia muy notable entre lo que es capital patrimonial, que representa la herramienta del hombre progresista y de trabajo, y lo que es capitalismo frío e internacional, que no reconoce hombres ni banderas y que es el verdadero enemigo de los productores, de lo industriales y de los comerciantes que quieren dedicarse honestamente a producir y a enriquecer al país. Y he dicho también que bienvenido sea el capital patrimonial, aunque sea estanciero; pero maldito sea el capitalismo internacional, aunque sea argentino. Me he pasado la vida estudiando la guerra y sé que, en las guerras recientes, el cincuenta por ciento de la causa ha sido el capitalismo internacional.

¿Cómo no hemos de hacer una diferencia entre lo que representa lo uno y lo que representa lo otro? El Gobierno –puedo decirlo con todo placer y con todo honor– ha de proteger al capital patrimonial con todas sus fuerzas. El Gobierno ha de apoyarlo y le ha de dar la posibilidad que nunca se le ha presentado hasta ahora en el país. Hemos de llevarlo donde nadie lo ha llevado, pero a condición de que ese capital cumpla sus funciones. Lo que estoy diciendo es que quiero que los estudiantes estudien; que los profesores enseñen; que lo productores produzcan; que los industriales industrialicen y que los comerciantes comercialicen; pero que ninguno de ellos quiera tomar en sus manos el Gobierno de la Nación, que nos corresponde.

Cuando nos pongamos de acuerdo en esto todos los argentinos, yo seré el más respetuoso de los hombres para que todos se convenzan de que es necesario también respetar a los demás. Nadie más que el Gobierno quiere que este se transforme en un vergel y que acumule la riqueza que haga felices a todos.

Lo que quiero es terminar con la política en los organismos a quienes no comprende la política. Yo quiero que estos organismos no tengan nada de política.

Esa facultad y ese derecho no está en manos del Gobierno; pero, señores, yo tengo la obligación de gobernar y, por lo tanto, he de ejercitarla para provecho de todos y para beneficio de la Nación. Y el día que no me sintiese con fuerzas ni con el carácter necesario para imponerlo a cada uno, mi misión habrá terminado como presidente de los argentinos.

Señores: Les agradezco extraordinariamente el haber podido compartir esta mesa con ustedes y quiero que de vayan de aquí pensando que soy muy feliz de verlos a todos juntos. Piensen que tenemos una gran tarea que cumplir y que ustedes tienen que colaborar en el desarrollo de esta obra, para que a esta generación de industriales les quepa la inmensa honra de haber puesto el primer escalón definitivo de afianzamiento de la industria argentina. Aspiro a que en cinco años la Argentina haya completado la industrialización en todos los aspectos, para tener, por lo menos, siquiera sea en forma incipiente, una industria pesada, una industria mediana y una industria menor.

Les pido, señores, y les pido con toda la mejor intención con que un hombre puede pedir, la colaboración que el Gobierno necesita de todos los argentinos, y les puedo asegurar que han de estar absolutamente persuadidos de que en esta colaboración con el Gobierno no serán en nada defraudados.