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El amor por la naturaleza y su espíritu pionero llevaron a Mario Tomás Perón, padre de Juan Domingo,  a los más remotos rincones de la patria. La estadía en la Patagonia fue para él una áspera experiencia y para sus hijos un duro aprendizaje.

Juan Domingo Perón define a su padre como un “horaciano”. Se refiere, así, a la bucólica placidez que se desprende de la obra del poeta latino Horacio, amante de la tranquila vida campesina. La observación es certera, pues al llegar a Lobos, Mario Tomás abandona para siempre el bullicio de las grandes ciudades y se adentra en un mundo de extendidas llanuras y coloridos atardeceres.

Esa definida vocación por la existencia rural no le impide, sin embargo, asumir con absoluta responsabilidad la educación de sus dos hijos. Aun en los lugares más apartados vela por su progreso moral e intelectual, y no pierde oportunidad de subrayar, con oportunos consejos, aquellas situaciones que le parecen propicias para que Mario Avelino y Juan Domingo extraigan perdurables enseñanzas.

Del éxito de esta faena da buen testimonio el recuerdo que guarda el general Perón de aquellas lecciones paternales. Cuenta, por ejemplo, que en la época patagónica, vio un día a un grupo de peones de rasgos aindiados –se los llamaba “chilotes”– que acarreaban capones y cerdos carneados. El niño, que era amigo de esos hombres rudos y laboriosos, les preguntó, sin darse cuenta de la gravedad de la broma: “¿Adónde van con esos chilotes al hombro?”. Los peones se quejaron a doña Juana, e intervino el padre, que aprovechó la reprimenda para deslizar una oportuna reflexión:

“Esos señores –le dice a Juan Domingo– estuvieron aquí antes de que vos fueras ‘hijo del patrón’. Los que te traen el caballo ensillado, los que te cuidan y te alimentan, éstos eran los dueños de la tierra que hemos ocupado. Cuando mucho, deberías servirlos, no burlarte de ellos. Nosotros estamos viviendo de los despojos de quienes han vivido aquí. Respetá a los que han sido tanto o más señores que vos”.

El mismo Juan Domingo Perón refiere otro hecho similar, vinculado al carácter de su padre: “Su autoridad –dice– nunca dejó de ser profundamente humana. Siempre recuerdo un caso que quedó grabado en mi pobre imaginación infantil: se trataba de un indio, de los que aún quedaban dispersos y abandonados en la inmensa Patagonia. Un día llegó a mi casa y pidió hablar con mi padre; él lo atendió como a un gran señor. Le habló en su propio idioma, el tehuelche.

“No tenía el indio más que unas pocas pilchas y su caballito tordillo. Presencié la entrevista porque mi padre me hizo quedar, tal vez para darme una lección de humanismo sincero. En esa oportunidad mi padre le dijo que podía instalarse en el campo, y le asignó un potrero donde le construyó una pequeña vivienda como las que usaban entonces los indios, medio casa y medio toldo. Le regaló también una yuntita de chivas. Cuando le pregunté a qué venía tanta consideración con un indio, me respondió: ‘¿No has visto la dignidad de este hombre? Es la única herencia que ha recibido de sus mayores. Nosotros los llamamos ahora indios ladrones y nos olvidamos que somos nosotros quienes les hemos robado todo a ellos'”.

Fragmento tomado del libro Perón, el hombre del destino, investigación dirigida por Enrique Pavón Pereyra para Ed. Abril, 1974. Este y otros libros sobre la biografía del Tte. Gral. Juan D. Perón pueden consultarse en la Biblioteca del Instituto, que está abierta de lunes a viernes, de 10 a 17.