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Al iniciar el año lectivo de 1950, el 7 de marzo de ese año, y después de tres años de gestión gubernamental, el entonces Presidente de la Nación, Gral. Juan D. Perón, en una reunión con los directores de las Escuelas de Orientación Profesional, plasma en palabras los objetivos de esas instituciones educativas, en armonía con el plan de gobierno que lleva a cabo desde hace tres años y que se extenderá por siete más.

 

En primer término, debo agradecerles la amabilidad de haber llegado hasta aquí para darme la satisfacción, por lo menos una vez al año, de tener el placer de estrecharles la mano. Yo hablo siempre sobre las Escuelas de Orientación Profesional con el cariño y el entusiasmo de quien ve en realización una idea que, en 1945, nosotros esbozamos frente a las necesidades crecientes de la capacitación de nuestro material humano.

La misión, la función, de estas escuelas se va llenando tal cual yo había imaginado y había deseado. Yo no soy partidario de empezar las obras en grande para, muchas veces, terminarlas en chico; vale más seguir el curso de construcción de las pequeñas cosas que, con el tiempo, se hacen grandes, se consolidan y se hacen fuertes.

Nosotros podríamos haber creado un Consejo Nacional de Educación para la enseñanza profesional, pero, posiblemente, eso hubiera funcionado con ese pecado original de haber nacido demasiado grande. En cambio, la política que siguen las Escuelas de Orientación Profesional, es decir, la de formar una pequeña institución que va fortaleciéndose año tras año, es la que va a darle la tradición que necesitan, la consolidación que es indispensable para las grandes obras y la base sustentatoria de esa columna que hemos levantado sobre la originaria ley de creación de la enseñanza de orientación profesional.

Yo veo que esto se va cumpliendo sobre esas bases, por lo que termina de decir el señor coordinador. Así se tendrá la posibilidad de seleccionar perfectamente el material humano dedicado a la enseñanza, como así también de ir tomando paulatinamente todo el material humano de los alumnos, para ir conformando sobre esta escuela una cosa sólidamente constituida y con el más alto grado de perfectibilidad en su organización y en su realización.

Yo siempre repito cuáles fueron los móviles originarios de esas escuelas. Nosotros habíamos visto crecer a nuestros operarios y formarse en el dolor del taller, en la necesidad de trabajar desde chicos. Eso, como método empírico, llena una parte solamente de la enseñanza. Es necesario acompañar a ese método real, un método ideal, es decir, darle también los conocimientos necesarios para que el operario no termine muriendo o jubilándose de operario, sino que tenga abierto el horizonte para ir perfeccionándose en sus conocimientos, y, con ello ir aumentando sus posibilidades de ir sumando a su labor y a su capacidad manual la capacidad intelectual que hace grande y convierte en artesano al más modesto de los operarios si es hombre de progresar por sus conocimientos generales.

Nosotros, veo que estamos ya cumpliendo los tres primeros ciclos que nos habíamos propuesto. La idea originaria de esto fue formar los operarios, crear después el segundo ciclo de perfeccionamiento para formar pequeños dirigentes de la industria, sobrestantes, jefes de taller, etcétera; y, después, crear la Universidad Obrera que diese los técnicos capacitados, pensando que de ese núcleo de hombres deben salir los grandes dirigentes de nuestra industria actual y de nuestra futura industria. Eso no se puede crear de la noche a la mañana. Si hubiéramos creado todo eso de golpe, no habríamos tenido entre nuestro elemento de obreros el nivel necesario para instalar una universidad obrera y empezar a trabajar. Es decir, no tendríamos materia prima que la Universidad necesita. Para darle esa materia prima a la Universidad Obrera, es necesario elaborarla en los cursos del segundo ciclo, que les da a los alumnos el horizonte intelectual necesario para no disminuir la elevación de esos cursos de la Universidad.

Yo no soy partidario de formar hombres teóricos, porque sabemos los resultados que la enseñanza teórica ha dado para la industria hasta ahora. No creo posible que dé lecciones de cómo se maneja una herramienta un hombre que nunca ha tenido una herramienta en sus manos y que solamente la ha visto dibujada en un libro. No creo que con eso vayamos a ninguna enseñanza práctica. El sistema a adoptar era combinar las dos acciones: la empírica del oficio con la teórica de la profesión. El sistema era combinar esas dos secciones e ir haciendo una cosa que acabadamente llegara a darle al hombre la capacidad manual y la experiencia necesarias, y la capacidad intelectual para aspirar a perfeccionar eso y convertir ese oficio en un verdadero arte. Porque eso queremos: operarios formados en los cursos de capacitación, después perfeccionados en el segundo ciclo e inducidos hacia la capacidad directiva en la Universidad Obrera. Afortunadamente, en líneas generales, esto se va cumpliendo en forma lenta y acabadamente, como deben cumplirse todas estas cosas.

Confieso que han andado más rápido de lo que yo creía, y creo que quizá se va a llegar antes a los objetivos para los que habíamos nosotros calculado de diez a quince años. El ritmo que ustedes siguen es un ritmo más acelerado del que nosotros originariamente imaginamos. Si eso se cumple dentro de la necesaria capacitación de los hombres, y de la consolidación de un núcleo de personas capacitadas, es mucho mejor, porque cuanto menos tiempo empleemos, tanto mejor será, ya que habremos llegado antes a la meta que nos hemos propuesto.

Señores: Es indudable que en el país, terminada la acción de estas escuelas, podremos aspirar a tener un material humano extraordinariamente capacitado. Y eso representa el cincuenta por ciento de todas las industrias, cosa que ustedes saben mejor que yo. La formación de una artesanía en la República Argentina no tiene razón para no existir; una artesanía que represente un aspecto industrial de un valor más grande del que nosotros le hemos asignado.

Aquí nos hemos dedicado tanto a las vacas y al trigo, que muchos otros sectores han quedado desatendidos; pero ha llegado el tiempo en que debemos empezar a ocuparnos de ellos. La prueba está en que los países más adelantados del mundo, aun los superindustrializados y con alta capacitación en la producción de materia prima, tienen un sector de artesanía, el que sirve con verdadero amor, con real sentido artístico. Y, señores, tanto mejor es cuanto más sentido artístico tenga esa artesanía. Estas son cosas que aún nuestro espíritu no ha profundizado, y el camino para llegar a ello es, casualmente, el de las escuelas de capacitación.

Señores: Yo sé cuál es la tarea que ustedes llevan a cabo. La he seguido por la información que, permanentemente, recibo del señor ministro. Sé que tienen mucho que hacer; sé, también, que se dedican con verdadero cariño, con sincero amor a esa tarea, que es la única manera de que la misma pueda llegar cumplirse acabadamente, porque las obras que el hombre realiza con amor son siempre las mejores.

Sin esa dedicación, sin ese cariño en la actividad en que ustedes actúan, poco es lo que se va a conseguir, porque no solamente hay que instruir al hombre y darle los conocimientos necesarios para su capacitación, sino que hay que formarlo y darle un espíritu concorde con esa otra actividad de la enseñanza. Es decir que no solo debe instruirse al hombre, sino que hay que educarlo, y, sobre todo, educarlo en la actividad que ha de desarrollarse. En este sentido, deben recordar que ustedes tienen el material humano más extraordinario.

De los hombres que en la República Argentina se capacitaban, estamos perdiendo también un inmenso sector que tendremos que llenar. Estos cursos deben conformar escuelas hasta poder incorporar, por lo menos, 250 mil alumnos en un ciclo de diez años y, posteriormente, llegar a 500 mil en los quince años. Observen ustedes que esto es una gota de agua en el océano de nuestra juventud. De los cuatro millones de chicos en edad escolar, ingresan a los colegios nacionales, normales, de enseñanza secundaria, no más de medio millón; de manera que hay tres millones y medio de chicos que son para ustedes y que, en vez de ir a jugar al truco o al potrero, podrán ir al taller a capacitarse para ser buenos operarios o artesanos. Ese es nuestro programa. Y no habremos cumplido con nuestra misión hasta que no tengamos incorporado, por lo menos, el 50 %  de esos muchachos que quedan dispersos, sin ninguna capacitación que los habilite para defenderse en la vida.

Esto, con tener una enorme importancia por el aspecto cuantitativo de la enseñanza profesional, no lo es tanto, sin embargo, como el aspecto cualitativo de la misma.

Ustedes, además de maestros, tienen que convertirse un poco en padres de esa muchachada, dándole conocimientos, formándole el alma y el espíritu.

Ayer, al inaugurar los cursos en la provincia de Buenos Aires, dije que los maestros tenían que cumplir tres funciones fundamentales, que habrán de conformar la orientación de nuestro nuevo sistema; porque muchos años del más crudo materialismo nos habían hecho olvidar, en cierta manera, que esa muchachada que aprende tiene un alma que es necesario educar, y que quizá es más importante educar esa alma que su propia inteligencia. Con ello se consigue darle al hombre una herramienta para que luche en la vida, aunque es primordial pensar que no debemos suministrar armas a una mala persona, que va a darles un mal empleo. Considero indivisible, pues, cualquiera sea la instrucción que se imparte, la enseñanza y la educación.

Decía que si yo fuera maestro, pondría al frente de la clase que dictara un letrero que dijera que la función del maestro es: primero, formar hombres buenos y justos; segundo, formar hombres sabios y prudentes, y tercero, formar un argentino que sepa poner esas dos cosas al servicio de la Patria y de su pueblo.

En todos los órdenes de la enseñanza, sea esta de carácter profesional, general, de perfeccionamiento, universitaria, estamos ahora tratando de que se dé el menor número de lecciones sobre cosas que no se necesitan en la vida, dando, en cambio, un poco de lecciones que formen al hombre, que vayan forjando un hombre como el país necesita. Es decir, señores, que la responsabilidad del maestro no está en formar un alumno que sepa muchas cosas, sino un alumno que sepa unas cuantas cosas buenas y útiles; y, además de enseñarle eso, tiene que inculcarle en su espíritu la idea de que esas cosas debe ponerlas al servicio de la colectividad, y no que sean armas que le sirvan para luchar contra los demás.

Yo sé bien, señores, que ustedes llevan a cabo esta orientación. Pero quisiera pedirle a cada uno de ustedes, que dirigen la enseñanza, que soliciten de los maestros que carguen, cada día con más fuerza, la acentuación moral en la enseñanza. De nada valen los pueblos que saben mucho, que tienen muchos hombres instruidos, si son incultos y de baja moral. No se trata de formar un hombre que esté capacitado para perjudicar a sus hermanos, sino que lo esté para beneficiar a la sociedad. Y mientras no se forme un hombre con alma pura y buena, correremos siempre el peligro de haberle dado armas a una mala persona.

Por esa razón, ahora que en todas las actividades nacionales estamos tratando de acentuar el sentido moral de nuestra enseñanza, ustedes deben insistir, en lo posible, diariamente, con sus maestros, para la formación de hombres que además de capacitados, intelectual y manualmente, lo estén también espiritualmente.

Para nosotros, de ahora en adelante, la enseñanza espiritual tendrá un coeficiente mayor que todas las demás enseñanzas, porque estamos en la tarea de formar un pueblo que haga de los valores espirituales un verdadero baluarte.

El día que nosotros consigamos que nuestros hombres tengan la real orientación moral que deben tener, que tengan un verdadero sentido de la conciencia social que el pueblo vive y que estén totalmente persuadidos de que el acatamiento a la ley y a la Constitución es base de nuestra convivencia, y formemos una comunidad organizada con estos valores en los hombres, habremos triunfado dentro de nuestro país.

Por esa razón, nadie que enseñe puede estar liberado de impartir esta educación a sus propios enseñados. Esto que les pido a ustedes, señores, se lo he pedido a todos los maestros de la República para que me acompañen a que las lecciones que diariamente tratamos de dar a nuestros alumnos vayan acompañadas con los ejemplo morales, que son los que más enseñan, y no ocurra como con los antiguos predicadores, que decían: “Hagan lo que yo digo, pero no lo que yo hago”. Estamos obligados a mantener una conducta prudente delante de nuestros alumnos, para que ellos aprendan de nosotros la mejor lección con la mejor pedagogía que se pueda emplear, que es el ejemplo.

Todo esto importa un verdadero sacrificio, pero un sacrificio que está colmado de bienaventuranza, cuando pensamos que podemos legar al futuro generaciones de hombres que hagan honor al país, no por su riqueza, no por su ciencia ni menos por su petulancia, sino por la bondad de su alma y por lo selecto de un espíritu que distinguirá en el futuro a los argentinos, si todos nos empeñamos en tratar de hacer de cada uno de esos muchachos, que son barro virgen y maleable, un nombre grande, grande como entiendo yo que solamente lo es: el que es grande de espíritu aunque sea chico de todo lo demás.

Además de esto debemos tratar de conformar una verdadera mística de esos muchachos. La vida, y especialmente la vida introspectiva, la vida interior del hombre, no se concibe sin que medie una mística, que es la fuerza motriz de las grandes acciones del espíritu. Por eso, dentro del orden de nuestra doctrina hemos tratado de crear una verdadera mística, no para utilizarla solamente en el campo político, como algunos creen, sino porque yo no concibo una nacionalidad sin una mística nacional, conformada por una verdadera mística en todos los grandes principios unitarios que el país sigue en su orientación de gobierno, de organización y de acción en la vida nacional. Es decir, una doctrina que todos seguimos porque todos la sentimos y por la cual estamos dispuestos a sacrificarlo todo y a realizar cualquier esfuerzo, porque el triunfo de esa mística es el triunfo de la nacionalidad y creo que estamos viviendo tiempos en que nadie que sea verdaderamente un argentino puede no desear el triunfo de nuestra propia nacionalidad.

Todo eso, señores, sé que lo desarrollan, sé que en las escuelas existe una mística. Pero eso hay que llevarlo hasta valores extraordinarios. Si por mucho trigo nunca es mal año, por mucha mística nunca se peca. Y esa mística debe ser inculcada en el más alto grado. Hay que llegar a que esos hombres, a quienes uno tiene la suerte de poderles enseñar y que son instrumentos de la propia ciencia y de la propia conciencia, nos sirvan para elevar todos los días esos valores morales a la luz y el impulso de esa fuerza motriz que es nuestra mística. Cuando lo hayamos hecho, todo cuanto hayamos enseñado será útil. Pero, si no conseguimos esa mística y esos valores morales, todo cuanto hayamos enseñado será de una utilidad aleatoria.

Por eso les pido, este año, en esta reunión que realizamos todos los años, una cosa sobre todas las demás: trabajen los valores espirituales, creen esa mística, formen esos muchachos con ese entusiasmo y cuando todos seamos llevados por ese entusiasmo y decididos a seguir la misma causa, podremos pensar que el país ha obtenido la victoria. La victoria está más en el espíritu de los hombres que en las formas de las cosas. Esa victoria es la que anhelamos, la que debemos preparar y por la que tendremos que luchar; y esa victoria será el triunfo final de todos nuestros afanes y desvelos.

Yo les deseo muchísimas felicidades en este año que ustedes inician; tantas felicidades como les puedo desear a los que trabajan por una causa tan noble como es la enseñanza de la gente pobre. Todo ello persuadido de que ustedes trabajarán con la dedicación y con el entusiasmo que merece esta obra, deseándoles que los hombres que ustedes formen les estén agradecidos, porque ustedes tendrán, en el devenir de los tiempos argentinos, el honor de haber puesto los cimientos y los primeros ladrillos de este edificio que, con los años, ha de conformar una de las instituciones más grandes y poderosas de la República Argentina. Esa satisfacción que ustedes ostentarán en los cuadros de honor de la institución es, sin duda, el resarcimiento moral a que podemos aspirar los hombres: plantar un jalón que pueda ser visto y admirado por las generaciones venideras. Que cada uno de ustedes represente uno de esos jalones y pueda disfrutar del margen más amplio de felicidad y tranquilidad que la plantación de ese jalón representa para la vida de los hombres.

Muchas gracias.

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