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Nos sacudió la noticia inesperada “Murió el Canca Gullo”. Dijeron que una enfermedad lo había vencido en diez días.

Los datos biográficos nos informan que fue hijo de inmigrantes italianos que se habían instalado en una casa de la calle Cachimayo, en el Bajo Flores. De padres peronistas y barrio fabril, se había volcado con alma y vida a la militancia por el retorno de Perón a la Argentina en las jornadas del “Luche y vuelve”. Pasó por el Sindicato de Comercio, por la CGT de los Argentinos y llegó a estar a cargo de la Regional I de la JotaPé. Cayó preso en 1975 y recorrío los penales de Rawson, Sierra Chica, La Plata, Devoto… quizás esos casi nueve años encerrado hayan sido los que le salvaron la vida. Durante su cautiverio, los asesinos de la Dictadura secuestraron a su madre y a su hermano que siguen desaparecidos.

A su regreso a la libertad se recibió de Sociólogo, fue diputado nacional por el Frente para la Victoria y Legislador en el Gobierno de la Ciudad.

Todo esto dice poco de quién fue el Canca.

Cuando Perón volvió a la Argentina, pocos saben que el Canca se incorporó al grupo de suboficiales que lo custodiaban en Gaspar Campos, sólo lo recuerdan a cargo de las fuerzas del Operativo Dorrego en el que se unieron los muchachos de la Juventud Peronista con fuerzas del Ejército para trabajar en conjunto en tareas comunitarias. Otros recuerdan cuando Perón echó de la Plaza a los “imberbes”. Años después, el Canca contaba: “El General nos echó, como un padre reta a los hijos y nosotros reaccionamos como imberbes: nos fuimos a la mierda.”

Desde ese 1° de mayo hasta el 12 de junio, el Canca intentó recomponer la situación. El día de la última aparición de Perón en la Plaza, movilizó a su Juventud Peronista para acompañarlo.

El Canca había tenido una relación con Perón por Telex durante esos años anteriores a su retorno. Decía que Perón le decía “Gullito” porque creía que el Canca era hijo de un hombre de apellido Gullo que había sido peluquero en Casa de Gobierno durante las anteriores Presidencias.

Decía de su formación: “Yo vivía en un barrio obrero, proletario, un barrio peronista. Esas Mujeres y hombres, dirigentes gremiales, nos enseñaron el camino de la Resistencia”.

Decía que en su casa, antes de decir  “Mamá” y “Papá”, había aprendido a decir “Perón”.

En una entrevista de hace pocos años, decía de Perón: “Perón escuchaba a la juventud, nos trataba de igual a igual, era un hombre afable, cálido, te hacía sentir bien”. Decía del Peronismo: “Nosotros nos creíamos el ombligo del mundo y esa gente era la que había estado con Perón y Evita y nosotros nos incorporábamos”.

Él pensaba que los tiempos se habían acelerado mucho y en 1975, bajo Estado de Sitio, cae detenido. A los pocos meses, el Golpe de Estado derroca el Gobierno de Isabel Perón y se endurece el régimen para los presos. La madre del Canca, Ángela María Aieta de Gullo, empieza a organizarse con otras madres para hacer saber noticias de adentro del Penal, para avisar que torturaban a los detenidos, que los trasladaban no se sabía adónde. El 3 de agosto de 1976, cae un Grupo de Tareas en la casa de la calle Cachimayo y se la llevan. El Canca le escribe al ministro del Interior, Albano  Harguindeguy diciéndole: “La cosa es conmigo, estoy acá, liberen a mi madre”. Jamás recibió respuesta. Está desaparecida.

Tres años después, preso todavía, se entera de que su hermano también ha sido secuestrado y asesinado en la tortura.

Liberado con la llegada de la Democracia, sigue en la militancia peronista que signó toda su vida.

Siempre decía: “Hay dos cosas de las que estoy contento: haber nacido en la Argentina y ser peronista”.

Finalmente, antes de ayer se terminó su vida. Fue velado en el Congreso de la Nación, entre cantos espontáneos de la Marcha Peronista, sobre su cajón una bandera argentina, el brazalete de la JP y una foto suya con Perón. Todos los compañeros presentes de todas las líneas peronistas de todos los tiempos, lo mencionaban como un gran dirigente, el mejor compañero, fuerte y alegre,  y un ejemplo de militancia.

Lo recordaremos con su cara de boxeador, su mirada firme, su voz canyengue y su carcajada fácil, cantando la marchita.

¡Gracias por tu vida, compañero!

Y ahora ya desde el recuerdo tus amigos y compañeros te manifestamos: ¡Cuánto te hemos querido y seguiremos queriendo!