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Al acudir a este acto, al que asisto de todo corazón, debo confesar que experimento un inmenso placer y que él constituye para mí un gran honor; un placer, porque siempre me produce gran satisfacción estar en contacto con los ingenieros Pascali, viejos amigos míos. La de los Pascali, según mi antiguo conocimiento, que data del año 1914, es una familia de hombres justos y quizá por eso el primogénito se llama Justo… Yo he sido compañero de un hermano de los ingenieros Pascali, que desgraciadamente murió siendo un hombre joven, en Entre Ríos, que fue un amigo muy querido.

Por eso se explicarán cuál es esa inmensa satisfacción y ese placer que experimento en cualquier contacto que tome con los ingenieros Pascali, que honran a nuestro movimiento con su simpatía y su alta comprensión de hombres de gran experiencia, dotados de un sentimiento de justicia social que ellos practicaron durante toda su vida.

A ese placer uno, señoras y señores, el honor de recibir esta medalla que nos acredita socios honorarios de esta noble institución, porque yo siento por el profesorado el respeto que debemos sentir todos los hombres de bien.

Yo tengo el elevado concepto del profesorado que tuvimos los antiguos, y recuerdo siempre que una de las primeras medidas que Plutarco tomara en Esparta, en épocas tan lejanas, fue la de suprimir la antigua costumbre griega de reclutar sus maestros entre los esclavos obtenidos en las guerras de conquista, aduciendo que los hombres que eran esclavos no podían ser educadores de los hijos de los espartanos, instituyendo así Plutarco, quizá por primera vez en el mundo, la nobleza de la profesión de los maestros que debían hacer de sus hijos lo más grande, lo más puro y lo más viril que Esparta tuviera.

Desde entonces, la profesión del maestro y del profesor pasó a ocupar en el mundo y, especialmente en nuestra civilización, el puesto que está reservado para los hombres que hacen el mayor bien a la humanidad.

Ese bien, señores, está en la verdad que el maestro enseña: y en el espíritu que el maestro forma en sus educandos de tal manera que, si el hombre hereda de sus padres sus condiciones físicas y morales, no podemos negar en manera alguna que de su maestro no herede también las mejores condiciones o los más graves defectos.

Señores:

Yo soy un reformador –quizás solamente eso– y los reformadores somos, sin duda alguna, los que más necesitamos de los maestros, los que más ligados estamos al destino de los que enseñan porque, al reformar, reformaríamos en vano si no confiáramos a las generaciones de los que enseñan, la formación del espíritu y de la mentalidad de los que aprenden.

En manos de ustedes, más que de ningún otro está quizás el destino de nuestro movimiento. Por eso he considerado como una tarea fundamental de gobierno, asegurar para los profesores y maestros de la Nación la orientación necesaria, el ambiente digno y también las condiciones indispensables que ellos necesitan para enseñar. Hemos dedicado al ministerio de Educación los mayores medios que se le hayan destinado en toda la historia del país. Y no hay esfuerzo que paulatinamente no hayamos de ir intensificando para hacer cada día más llevadera la tarea de enseñar, y más alegre y constructiva la tarea de aprender, y para que nuestros profesores y maestros, formados en las ideologías justas de la vida, en la filosofía humanista que propugnamos y también en el trabajo y en el sacrificio que toda construcción impone, lleguen a formar ciudadanos no solamente capaces sino también dotados de una capacidad calificada por la virtud, sin la cual el hombre pasa a ser un elemento negativo.

Cuando se tiene el concepto de la noble profesión del maestro y del profesor, como lo tengo yo, es indudablemente un inmenso honor compartir una mesa como ésta y recibir de manos de un hombre como el ingeniero Pascali –cuyo elogio estaría de más que yo hiciera en esta oportunidad– la medalla que me acredita como un compañero más de este centro. Es un honor que aprecio en toda su intensidad y que yo agradezco al señor ingeniero, como a todos los demás compañeros de esta asociación, a la cual desde hoy tendré el insigne honor de pertenecer.

A todos hago extensivas estas expresiones, rogándoles que, a través de estas mal hilvanadas palabras, interpreten todos mis sentimientos; yo soy de los hombres que, afortunadamente, todavía no han aprendido a decir lo que no sienten.

A todo ello, solamente quiero agregar un concepto más. Pertenezco a una profesión donde la solidaridad, la camaradería, el compañerismo, forman parte de sus reglamentaciones básicas. A menudo esto, aun dentro de mi profesión, no se entiende en toda la amplitud del beneficio que representa. Por ello, pienso que la comunidad argentina solamente estará bien organizada cuando, además de la organización que la aglutina desde el punto de vista jurídico institucional, esté complementada por la unidad del espíritu, que solamente se encuentra cuando una conciencia social ilumina las agrupaciones de hombres dedicados a una misma actividad. Si algún bien he producido en la República, creo que ninguno está más justificado que el [de] haber desarrollado en la población argentina una conciencia social, que hace de los hombres de una misma actividad, no enemigos sino amigos permanentes, porque lo primero presupone una lucha destructiva y lo segundo una colaboración constructiva, que es lo único que hace que la vida merezca ser vivida. El gobierno tiene la obligación de estimular a estas asociaciones, que son sus mejores colaboradores y más útiles al Estado en cuanto más cultos son sus componentes; agrupaciones que tienen una virtud por sobre todas las otras: la de ir haciendo cada día más comprensivos y más tolerantes a los hombres para su convivencia con los demás.

Esta tarea, encarada por el gobierno y especialmente por el ministerio de Educación, nos plantea como obligación ineludible la de mantener, propugnar, ayudar e impulsar a las instituciones como ésta que, con tan nobles fines de perfeccionar y agrupar a los hombres de una misma actividad, están construyendo la verdadera unidad argentina, por la que hemos luchado –quizá, en parte, infructuosamente– por más de un siglo de nuestra historia. Si esas instituciones cumplen su función con la misma honradez y nobleza que ésta, el Estado tendrá en ellas sus puntales más firmes y duraderos. Ellas serán su intérprete cuando el gobierno obre bien, y serán las que puedan modificar la conducta del gobierno cuando éste obre mal. Estas asociaciones de unión y de colaboración son las verdaderas instituciones meritorias del Estado; las demás, las que formamos por resoluciones o por decretos, no suelen tener el alma que anima a las libremente concebidas y libremente realizadas.