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Compañeros ferroviarios: Mi satisfacción es tan inmensa por haber podido compartir estos instantes con los compañeros ferroviarios, que no voy a hacer un discurso, sino una conversación, a la que estamos acostumbrados y por la que estamos ligados desde hace ya tanto tiempo y en donde, como he dicho muchas veces, la verdad habla sin ningún artificio.

Hace ya mucho tiempo, dije a los trabajadores argentinos que, emprendiendo la cruzada en que nosotros nos embanderamos desde 1944, cuando nuestro entendimiento se puso a tono y nuestro corazón comenzó a latir con ritmo de equilibrio entre los trabajadores y el entonces secretario de Trabajo, dije en esa oportunidad que a mí, como hombre que iniciaba su vida en una actividad nueva, en la política, se me presentaban dos caminos. Uno, era un camino abierto y libre, algo así como el camino a Ezeiza, con doble tránsito; y el otro era una selva enmarañada, llena de obstáculos y de peligros, donde había que seguir el ejemplo de los hombres de nuestra selva, es decir, abriendo nuestra propia senda a fuerza de machete.

Cualquier político hubiera seguido el camino a Ezeiza, pero yo no quería ir a Ezeiza; yo quería ir adónde vamos nosotros, que sabemos bien donde queda.

Y dije también en aquella oportunidad que no debía ocultársenos que tendríamos una lucha ardua y larga, no sólo con los enemigos de adentro, sino también con los enemigos de afuera.

Creo que todo aquello que anuncié en el comienzo de nuestra marcha se ha ido cumpliendo, estando toda esa marcha jalonada por dificultades, por luchas, por difamaciones y por traiciones, pero también por momentos de halago, en que el corazón de los compañeros, al contacto con nuestro corazón, hacía renacer las esperanzas y retemplar las fuerzas para seguir luchando.

En esa lucha interior, hemos superado muchas etapas. En lo social, que era lo primero que enfocamos para su solución, hemos subido ya una gran parte de la cuesta. Queda otra parte que debemos ir escalonando, como sucede en las cumbres de las montañas, con mayor lentitud, cuando más alta es la montaña.

En el orden político, hemos posibilitado el alcanzar la dignificación del pueblo argentino. Nos ha sido dado ir escalonando conquistas para anular, borrar y olvidar el oprobio de tantos años de falsedad, de mentira y de fraude.

Pero donde es más dura la lucha, donde mayores son las dificultades es, sin duda, en el aspecto económico de nuestras conquistas. Son más duras las luchas, son más difíciles, necesitan de mayor vigilia, de mayor sacrificio y de mayor trabajo; pero son también las que nos dan mayores satisfacciones.

Y hablando aquí, entre compañeros, quiero hacer un análisis de este aspecto, para que todos los compañeros delegados puedan llevar a los demás compañeros ferroviarios, un panorama de la situación actual y una previsión del futuro y, sin asegurar que sea ese, por lo menos ha de estar bien encaminado como casi todas las apreciaciones que he hecho yo hasta ahora.

Cuando me hice cargo del gobierno, hace tres años, el problema económico que se le presentaba a la República Argentina, era sumamente difícil. El oro estaba bloqueado en el norte, las libras estaban bloqueadas en Europa, no teníamos disponibilidades convertibles de ninguna moneda ni ninguna posibilidad. Aquí no teníamos plata ni para pagar a los empleados públicos a fin del mes en que yo me hice cargo del gobierno. Se había llegado a deber ocho meses de forrajes para los pobres caballos del ejército. La situación era en extremo difícil porque, en esto, como le sucede a los financistas y a los comerciantes no basta tener crédito, sino que es necesario tener numerario, para hacer frente a las necesidades.

Nosotros teníamos crédito pero, pobre de nosotros, si hacíamos uso de ese crédito. Teníamos una deuda pública que venía ya desde el año 1828, sin que nadie la hubiera podido pagar. Empezó con el primer empréstito, y habríamos llegado, sin solución de continuidad, de empréstito en empréstito, hasta acumular una cifra astronómica de deudas al interior. Tan grande era, que todos los argentinos teníamos que ir oblando diariamente la cantidad de 2.000.000 de pesos, moneda nacional. Esa era la situación.

Pero se empeoraba mucho, a poco que yo decía qué era lo que quería hacer, a pesar de esa situación. Yo llamé a una cantidad de técnicos para las consultas. Consulté a muchos hombres, que saben mucho de materia económica, como es lógico, para ilustrarme. Al principio, yo tenía el concepto del problema. Después de consultar a veinte personas, yo no sabía lo que pasaba porque, naturalmente, cada uno me daba su punto de vista o su orientación.

Y cuando yo les decía a los técnicos: vea la situación es ésta y hay que contemplarla. Tengo que comprar los ferrocarriles, los teléfonos, la marina mercante, nacionalizar los puertos, el gas y, además, pagar toda la deuda, se me quedaban mirando asombrados como si les estuviera hablando en Melchor Romero o en alguna parte por el estilo.

Recuerdo que uno de ellos, que me miraba con unos ojos grandes, me dijo: “si no tiene plata como quiere comprar todas esas cosas”.

“Vea, si tuviera plata no lo hubiese llamado a usted. Lo compro yo. Lo llamo a usted porque, si usted es economista, ha de saber cómo se compra sin plata, porque para comprar con plata no hace falta ser economista”.

Han pasado tres años y todo cuanto les decía a esos asombrados economistas se ha realizado. Hemos comprado los ferrocarriles, los teléfonos, hemos nacionalizado los puertos, hemos comprado una marina mercante de un millón y medio de toneladas, hemos pagado la deuda externa, hemos nacionalizado el gas y estamos construyendo un gasoducto y, todavía, ganando plata sobre ello.

Todo esto ha sido realizado. Nuestro programa económico ha sido totalmente cumplido sin exigir sacrificio a ningún argentino; al contrario, evitando todo sacrificio que hubiera sido fatal si no hubiésemos encarado con decisión y con valor la solución del problema nacional que, por cobardía, por mala fe o por otra causa peor, no se había podido resolver hasta nuestros días.

Además de esto que se ha cumplido, se ha hecho otra cosa mucho más fundamental e importante para la felicidad inmediata del pueblo argentino.

Cuando hace tres años encaré esa situación y todo había que hacerlo, se me presentaba el monstruo pavoroso de la crisis de posguerra.

Algunos de ustedes peinan canas y otros, sin nada en la cabeza, me refiero a la cabellera, recordarán, como recuerdo yo, el año 1918, cuando tuvimos permanentemente diez o quince mil desocupados que vivían en casas de lata en el puerto; recordarán la olla popular para que pudieran comer nuestros trabajadores y, por último, no habrán olvidado, como no he olvidado yo, a las legiones de niños hambrientos que iban con su tachito a los cuarteles a recibir los residuos del rancho para alimentar a sus familias. Tampoco habrán olvidado ustedes que el trigo bajó a cuatro pesos, el maíz a dos cincuenta y la lana se vendía a cuatro pesos los diez kilos. ¿Nos hemos olvidado de esa pos-guerra? Y si en esa pos-guerra se produjo ese desastre ¿a qué se debía?

¿Qué hubiera ocurrido en 1945 cuando terminó la Segunda Guerra que representa la acumulación de factores adversos sobre la anterior o sea, la destrucción de casi todos los valores conocidos? ¿Cuál hubiera sido la situación en 1945 si en 1918 casi nos comemos los botines? ¿Por qué no se produjo en 1945 lo que sucedió en 1918?

Yo quiero decir esto: cuando esos políticos a la violeta, que hoy todavía tenemos entre nosotros, nos critican la acción de gobierno, olvidan que eran ellos o los compañeros de ellos, los que hicieron pasar a los trabajadores, en 1918, el hambre, la miseria y la desesperación que yo he presenciado. Nosotros, los ignorantes, según ellos; los que no sabemos nada, según dicen todos los días; los ladrones, nosotros; ellos, los honrados; nosotros, mentirosos; ellos, los veraces; nosotros, que somos todo eso, no nos equivocamos en 1945. Por eso, en 1944 creamos el Consejo de Post-guerra y resolvimos todos los problemas que podrían conducir a una crisis como la 1918. Los resolvimos en 1944 para que no se produjera en 1945/46. Por eso yo creé el Consejo de Post-guerra siendo vicepresidente y me puse de presidente, no para ser presidente de algo sino para resolver los problemas que iban a llevar al país a la miseria y a la desesperación.

¿Qué hizo el Consejo de Post-guerra? Recuerdo que en la reunión inicial dije a los compañeros de trabajo que nos habíamos reunido para encarar un grave problema. Vean muchachos, o resolvemos de antemano los problemas para que no se produzca lo de 1918 o en 1946 nos vamos a comer entre nosotros por la miseria que va haber.

Lo primero que estudiamos fue la crisis de 1918. Esa crisis sobrevino porque los precios de la producción se vinieron abajo de la noche a la mañana. ¿Por qué? Porque los países que habían hecho la guerra formaron una comisión única de alimentación que compraba para todos. Cien vendedores frente a un comprador único y, lógicamente, los precios debían venirse abajo. Entonces yo dije, en esa reunión inicial, tenemos que inventar algo para que al único comprador le enfrentemos el único vendedor. Fue el IAPI. Así nació el IAPI. Consecuencia de esa “pequeña” medida: precios del 18 para el trigo, 4 pesos; en el 46, 20 pesos. Precios para el maíz, en el 18, 2 pesos y medio –no pagaban la bolsa–; para el 46, 15,80 pesos, los primeros precios. Para el lino, 12,18 pesos, en el 18; en el 46, 112 pesos. Industrialización del lino, conversión al aceite, todo eso salió del Consejo Nacional de Post-guerra. Además, de eso, señores, salió toda la nacionalización del Banco Central, porque es como le pasa a uno si tiene un tonel con un agujero, mientras no tapa esto es inútil que eche agua adentro. La nacionalización del Banco Central es la tapa del agujero. Una cosa tan simple como la vida cuando uno no la complica.

Podría seguirles explicando cómo resolvimos todos estos problemas, y por qué fue posible, en la situación ruinosa en que se encontraba el país, enfrentar la compra de estos “mastodontes” que hemos comprado y pagado, y que son ya nuestros y que están ganando plata para nosotros.

Como además de haber cumplido ese programa que, verdaderamente, yo cuando me doy vuelta y miro lo que hemos hecho, digo: “los gobiernos que vengan no quiero que hagan lo mismo que nosotros hemos realizado; que hagan nada más que la cuarta parte”; además de cumplir ese objetivo extraordinario, que representa la dignidad argentina, que representa la soberanía argentina, que representa, señores, barrer para siempre la palabra colonial de nuestro escudo, además de eso, pregunto: si nosotros solucionamos todos los problemas que podían haber hecho sufrir necesidad y hambre a nuestro pueblo; si, a pesar de haber hecho ese esfuerzo económico extraordinario, ¿puede decir algún argentino que hoy es menos feliz de lo que era en el año 1943?, y si para cumplir este programa, hemos impuesto algún sacrificio a la población argentina.

Señores:

Hay que mirar al mundo, hay que mirar en la Europa los sacrificios extraordinarios que están realizando esas poblaciones. Algunos que antes comían cinco veces al día: desayuno, break-fast, almuerzo, té y cena, hoy han debido reducir sus posibilidades alimenticias –al haberse racionado– a comer carne una o dos veces por semana, en cantidades microscópicas. Cuando contemplamos que ellos están haciendo este esfuerzo, y nosotros vemos que hemos resuelto nuestros problemas económicos sin ningún sacrificio, ¿pueden estos torpes de acá y de afuera seguir sosteniendo que nosotros hemos llevado el país a la ruina?

Cuando subí al gobierno, dijeron: “Éste no aguanta dos meses”; a los dos meses, me alargaron el plazo: “No aguanta seis meses”; y, al cumplirse este plazo, dijeron: “No aguanta un año”.

Señores:

Los problemas económicos de la República hasta ahora han sido superados, y superados con la condición más afortunada, sin imponer sacrificios a la población argentina. Pero, miremos el cielo que el entendimiento nos va tendiendo por delante. ¿Qué se produjo en la otra guerra? Yo miro lo otro porque lo viví bien. Yo era subteniente y ganaba 170 pesos al mes, y sabía lo que era hacer equilibrios para llegar a fin de mes en aquella época.

¿Qué pasó en la otra guerra? Una crisis inmediata en el año 1918, y en el año 1928 otra más fuerte que la anterior. Es la crisis mediante que tienen todas las post-guerra. ¿Por qué sucede eso? La crisis inmediata, la del 18 –la que debió haberse presentado en 1946 si hubieran estado los sabios que nos critican–, es la crisis producida por el reacondicionamiento de lo que los pueblos han destruido. Después, cuando se hace la paz, se dan cuenta y dicen: “¡Qué bárbaros, lo que hemos hecho! Hay que empezar a trabajar”. El reacondicionamiento de las condiciones de trabajo y de actividad de los pueblos, la transformación de las industrias de guerra a las de paz, ocasionan esas crisis. La desmovilización de los ejércitos es convulsión; produce una crisis inmediata. Después, comienzan a solucionarse esas crisis con medidas de circunstancias. Pero hay un gran arrastre de cosas que no resuelven los gobiernos. Se van, poco a poco, acumulando, como esas niveladoras que arrastran tierra: llega el momento que tienen tanta por delante que, aun cuando empujan, no dan más. Lo mismo le pasa a la economía de los pueblos. La posposición de la solución de los problemas les va amontonando delante una cantidad de tierra tal que se atrancan y no progresan.

¿Cuándo se produjo ese hecho en la otra guerra? En los años 1928, 1929. Fue la famosa crisis financiera donde pareció que todo se derrumbaba. ¿No se va a presentar ahora esa crisis? Claro que sí, que se va a presentar. Es lógico que se presente. El fenómeno es el mismo. ¿No ven ustedes que ya comienza a perfilarse?

Es suficiente echar una mirada sin detenerse en ninguna parte, pasando como en avión para mirar, y darnos cuenta de cuál es la situación del mundo, del continente europeo. Todas son economías deficitarias que caen en picada. Y aquí va a presentarse el fenómeno con las mismas características.

Si en la anterior guerra, el período entre las crisis inmediatas y mediata duró diez años, de 1918 a 1928; éste, que traemos el arrastre de las dos guerras, no va a durar diez años. Lo vamos a tener pronto nomás y ya se está viniendo. Ahí es donde debemos tener cuidado. Y así como en 1943 y 1944 yo resolví una crisis inmediata, hace rato que estoy trabajando para resolver esa que se avecina.

Si hubiera esperado, como los sabios de aquellos tiempos, que esperaron que el agua se les viniera encima, para abrir el paraguas, estaría [liquidado]. En economía no se puede llegar tarde; hay que precaver por anticipación y, si no, hay que soportar virilmente los golpes del destino. Para no someternos a los golpes del destino, tuvimos que prever. Y, cuando algunos decían: “Pero si tiene que resolver el problema de la post-guerra, ¿para qué compra los puertos, argentiniza los seguros y el Banco Central y crea el IAPI?” Y yo les decía: “Prepárense para la otra; esa es la que va a venir”.

Señores:

Por eso yo leo los artículos de “La Prensa”. Todos esos, durante cien años, han pontificado mentiras y “macanazos” sin límites. Cuando gobernaban los que les hacían caso, había olla popular, había desocupación y todas esas cosas. Cuando menos, por ahora, los que no les hacemos caso, no le hemos impuesto un agravio a la dignidad argentina del calibre [del] que ellos le impusieron con toda su sabiduría y sus patrañas.

Yo hago todas estas consideraciones entre amigos, acá, en confianza; y que me perdone “La Prensa” este recuerdo de hoy que, al fin, es uno, a pesar de que ella me hace todos los días un artículo de fondo contra mí.

Compañeros:

Cuando uno contempla el panorama, se formula la siguiente pregunta: ¿qué dirán los de afuera? Y, señores, yo sabía hace rato lo que van a decir los de afuera. Cuando estamos bien acá, afuera van hablar siempre mal; cuando estamos mal acá, por entregarles a ellos cosas, van a hablar bien. Ahora, yo les preguntaría, en estas condiciones, ¿el pueblo argentino qué prefiere? ¿qué afuera hablen bien o hablen mal? Ésta es una cosa simple, señores; no es una cosa del otro mundo. Por ejemplo, en estos últimos tiempos, no nos compraban ni un grano, y me decían: “Vea, que se están pudriendo”. “Y qué vamos a hacer”, les decía yo. “Está aumentando el grano y se moja”, me volvían a decir. “Y bueno –decía yo– algún día se van a decidir a comprarnos”. Mi reflexión era esa. Nosotros, lo que teníamos de más era comida; y ellos, lo que tenían de más, era necesidad de comer. Necesidad por necesidad, yo sabía que iba a aguantar más tiempo que ellos.

Señores:

Hay cosas que verdaderamente uno no alcanza a entender. Cuando el país vendía doce o trece mil millones de pesos y los argentinos teníamos que pagar todos los días dos millones diarios de deuda exterior; cuando la moneda argentina no tenía premio en ninguna parte; cuando nuestras cosechas se vendían a mísera cotización –cinco o seis pesos el trigo; tres o cuatro pesos, en el mejor de los casos, el maíz–; cuando entre los argentinos había un elevado número que no usaba botines; cuando yo veía al pueblo mal vestido, algunas veces harapiento, flaco y desnutrido; cuando en las conscripciones se daba de baja a un elevado porcentaje por adolecer de débil constitución física; cuando veíamos que la gente protestaba porque estaba mal paga, cuando en sus ojos se advertía la indignación de una generación explotada, el país estaba bien.

Hoy, que hemos superado todo eso, que todo lo que tenemos en el país es nuestro, que hemos pagado las deudas, que se paga bien el trigo, el maíz, y todos los granos, estamos mal.

Esto es una cosa que verdaderamente no tiene explicación; pero lo que tampoco tiene explicación es que haya gente que con todo desparpajo diga esto en público y no se le venga una cornisa encima. Compañeros:

Yo he querido hacer esta disquisición porque, al hablar con tantos delegados que se van a dispersar en todas direcciones, quiero que lleven una verdad absoluta sobre el momento económico que está viviendo la República. Lo que sí, tenemos que trabajar. Porque yo no soy de esos gobernantes que decían: cuando nosotros estemos en el poder, les vamos a dar todo esto. Eso no lo puede creer nadie. El gobierno no puede dar absolutamente nada. Lo que el gobierno puede hacer es evitar que lo que produce el pueblo argentino sea mal distribuido, que uno se lleve la parte del león, mientras muchos millones se llevan la parte del ratón.

Por eso es que yo digo que tenemos que trabajar.

Tampoco soy de esos gobernantes que decían: hay que trabajar, pero que iban a su despacho a las diez y se retiraban a las doce. No, señores; yo trabajo todo el día para poder decirle al pueblo argentino que tiene que trabajar todo el día y todos los días. En esa forma, creo que tengo derecho de pedir a mi pueblo que trabaje y que produzca.

Si nosotros producimos, si nosotros aumentamos esta riqueza en la medida de nuestras fuerzas, no es necesario ir más allá. Si hacemos que desaparezca el mayor número de ociosos que no producen para hacerlos productores, el futuro de la República no está asegurado, está réquete asegurado. Si nosotros nos mantenemos unidos y defendemos esto, que es la causa del pueblo argentino, contra los que entregaron a la Nación; si defendemos esto, que es la causa de la verdadera libertad, y no de la libertad que ellos perseguían, de peces grandes que se comían a los chicos, de piedra libre para explotar a los más débiles, habremos consolidado nuestras aspiraciones.

Nosotros hemos puesto a la libertad de ellos un freno en la Constitución, que también lo pondremos en el código.

Libertad absoluta es la que existe en nuestro país, señores, y esto puedo decirlo en la Unión Ferroviaria porque está formada por hombres decentes que saben perfectamente que la libertad en el campo sindical argentino es absoluta.

Cómo nos puedan negar esa libertad los que se pasan sobornando dirigentes a lo largo de todo el continente americano. En nuestro país puede decirse con orgullo que ningún dirigente tiene precio. Los argentinos tenemos el orgullo de poder decir que los dirigentes políticos no se venden en el campo internacional, como tampoco se venden los dirigentes obreros en el campo nacional. Cómo nos van a decir eso, cuando hace pocos días me contaba un dirigente argentino que concurrió a una reunión en Montevideo que un dirigente internacional le dijo: “Si a vos te hubieran dado la plata que me han dado a mí, veríamos si seguís pensando lo mismo”. Eso es, desgraciadamente, un panorama muy común que, afortunadamente, no existe en la República Argentina. A mí, como gobernante, se me caería la cara de vergüenza si tuviera que pagar a algún dirigente para que hiciera lo que yo digo.

Que los sindicatos argentinos están dirigidos. Sí señor. ¿Están dirigidos por sus dirigentes? ¿Quién los iba a dirigir? Que el gobierno está unido a los sindicatos. Es claro que lo está, si nosotros representamos a los sindicatos. ¿A quién vamos a estar unidos? Lo que no quieren es darse por enterados de eso.

Compañeros:

He tenido hoy el honor, la inmensa satisfacción de compartir esta reunión que, como ha dicho el compañero López, es histórica, y especialmente histórica para mí, que me he entregado de cuerpo y alma al movimiento reivindicatorio nacional, que en el orden político ha dado personería al pueblo argentino, que en el orden social ha dignificado al trabajador y lo ha elevado todo lo que ha podido y que, en el orden económico, ha creado el sistema de sustentación de nuestra posición social, posibilitando que los trabajadores argentinos eleven su nivel de vida y de dignidad merced a la consolidación de la economía argentina.

Cómo no he de ser feliz cuando escucho las palabras de comprensión y de estímulo que acaban de pronunciar los compañeros ferroviarios que, por ser de trabajadores, son el único estímulo que me interesa y el único que me importa.

Quiero cerrar esta pequeña disertación con mi profundo agradecimiento. Soy un hombre que si tiene algún mérito es el de ser un trabajador incansable por las causas justas. No creo en el genio, pero sí creo que el genio es trabajar. Con mi agradecimiento, van mis felicitaciones a la Unión Ferroviaria, que la veo actuar con ese espíritu de comprensión, dándome el estímulo que después de tantas luchas me es indispensable para seguir adelante y que lo necesitan todos los hombres que trabajan. Felicito a la Unión Ferroviaria, porque la veo en el pináculo de su unión, en la cima a que alcanza un sindicato cuando trabaja noblemente para sí y es sincero consigo mismo y con la Patria a la que todos servimos.

Los felicito, finalmente, porque esta organización sindical, en el vértice de su maduración como organización obrera, ha tenido la sabiduría y prudencia en la elección de sus autoridades para que la represente a satisfacción del gremio y a orgullo de este modesto amigo que les habla con el corazón en la mano.