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Compañeros: comienzo por agradecerles el amable saludo que me han dispensado.

Hoy, siguiendo el orden de las disertaciones que vengo realizando los jueves en la CGT, voy a tratar un tema que creo necesario aclarar desde el Gobierno. Como es lógico, es un tema de actualidad de la clase trabajadora. Me refiero a la relación de sueldos y costos de vida; en otras palabras: precios y salarios, tema de suma importancia para el mantenimiento de un equilibrio sin el cual, generalmente, el hilo se suelde cortar por lo más delgado.

En pocas palabras, quiero historiar este desenvolvimiento en nuestro país.

PRIMERAS MEDIDAS JUSTICIALISTAS

Hace ya 30 años, cuando se creo que Justicialismo, nuestro país se encontraba en este aspecto en condiciones lamentables. En estos 30 años el proceso social del país ha avanzado. En 1943, cuando empezamos a actuar, nuestro país no tenía casi industrias; ni los alfileres que empleaban nuestras modistas en Buenos Aires se fabricaban en el país, todo venía del exterior.

Nosotros iniciamos la industrialización del país; es decir, fuimos convirtiendo una masa rural en una masa urbana organizada. Por eso, cuando empezamos a trabajar sobre sueldos y salarios, preferentemente se empezó por el trabajador rural. Desde Trabajo y Previsión, la primera reforma de fondo que se hizo fue el Estatuto del Peón.

La situación de esos obreros rurales era muy próxima a la esclavitud y algunas veces peor, como he dicho en muchas ocasiones. Habían peones que ganaban diez pesos por mes, y el término medio de los salarios rurales no pasaba de cincuenta pesos mensuales. Entre esto había que considerar todo el proceso de la yerba, del tanino. Se trataba de trabajadores rurales, indudablemente desorganizados y dispersos. No había nadie que se ocupara de la defensa de los intereses profesionales.

El sector de la industria era insignificante. Yo recuerdo que cuando se hizo el Estatuto del Peón y obligamos a todo el mundo a poner un salario -porque diez pesos no era un salario-, se produjo gran alboroto en nuestro campo. La primera carta de recibí fue de mi madre, que tenía una estancia en la Patagonia, diciéndome: «Si vos creés que le puedo ciento cincuenta pesos a los peones te has vuelto loco». Naturalmente que, a renglón seguido, le contesté: «Si no podés pagar, tenés que dejarlos que vayan a otra parte donde les paguen: en vez de tener veinte, tené diez peones, pero por lo menos pagales». Y lo pagó y, además, quedó conforme.

Cito el caso, porque esto fue general en el campo y en todo el país. Por primera vez el trabajador rural llegó a entrar en la categoría de trabajador y no de bestia de trabajo o de esclavo.

Desde entonces hasta ahora han pasado treinta años. Y nosotros, ese país que recibimos en 1946 sin industrias, cuando en 1955 debimos abandonar el gobierno por la presión del levantamiento militar, lo dejamos con toda la industria mediana en una línea completa, exportando manufactura, fabricando máquinas diésel-eléctricas -con las cuales modernizamos los ferrocarriles-, camiones, automóviles y tractores.

Todo ese proceso fue acompañado, precisamente, por las medidas sociales que desde Trabajo y Previsión se fueron realizando.

CONSOLIDAR LA ORGANIZACIÓN

Para hacer un guiso de liebre, lo primero que hay que tener es la liebre. Por eso, nosotros pensamos que el paso inicial era el de consolidar la organización de los trabajadores rurales y de los trabajadores urbanos. Esto es fácil hacerlo con los trabajadores urbanos, pero difícil con los trabajadores rurales, porque están muy dispersos y sometidos a tantas influencias de las fuerzas patronales, de la costumbre, y de un montón de cosas, que para realizarlo se necesita tiempo.

Sin embargo, fuimos dando pasos importantes con las organizaciones y pudimos pensar en organizar los elementos necesarios para poder establecer un equilibrio perfecto entre el costo de la vida y los salarios que se pagaban. Comenzamos por formar lo que llamamos el Instituto de la Remuneración, que funcionó en Trabajo y Previsión y estudió, tanto localmente como desde un punto de vista general, los salarios con relación al costo de la vida. Nos dio un índice para poder establecer lo que nosotros llamamos entonces el salario vital móvil: es decir, una base debajo de la cual no podía estar ningún trabajador; porque sí no, estaba sumergido y no ganaba lo necesario para hacer frente al costo de la vida.

Ese fue el punto de partida -en 1948/49- desde Trabajo y Previsión. Así se fue estableciendo paulatinamente ese equilibrio, que se reflejaba perfectamente bien en los porcentuales, en la distribución de la renta y en la distribución de los beneficios.

DISTRIBUCIÓN EQUITATIVA DE LOS BENEFICIOS

En 1955, la proporción establecida y consolidada en un país con muy débil inflación -casi sin ella- era la siguiente: 47,7% de los beneficios iban al trabajo, y el 52,3 % iba para los patrones, para las empresas. En aquel entonces, eso resultó justo, porque el poder adquisitivo de la masa había aumentado extraordinariamente, merced a que se congelaron los precios y no habíamos permitido que la inflación anulara todo beneficio.

Recuerdo que en 1954, en una de las últimas reuniones que hice en la Presidencia, a la que concurrieron todos los secretarios generales de los gremios argentinos, pregunté si en ese aspecto estaban conformes y satisfechos. Y unánimemente me dijeron: «No queremos aumentos de sueldos. Lo que queremos es que no aumenten tampoco los precios».

Efectivamente, allí yo aprendí esta lección. Fue cuando en la segunda o tercera mitad del segundo Gobierno Justicialista establecimos los convenios colectivos de trabajo sobre esta base: sobre un salario vital móvil regulado por el Instituto de las Remuneraciones. En unas zonas es posible aumentar las remuneraciones y en otras no, ya que las zonas no son todas iguales; hay una estimación general, si, pero sobre esa general hay particularidades.

Muchas veces nos ocurrió que los convenios colectivos de trabajo establecieron precios generales y algunas fábricas no los podían pagar. Era peor que cerraran, porque quedaba una cantidad de gente sin trabajo. Por eso, algunas fábricas acordaron directamente con sus obreros. Decían: «Nosotros no podemos pagar», y entonces se pagaba el máximo que se podía pagar. El trabajador, como colaboración, aceptaba un menor salario, no mucho menor, por acuerdo con la fábrica. Es claro que al obrero le convenía más esto, antes que se cerrara la fábrica.
Todo esto llevó a un perfeccionamiento que después de la caída del gobierno justicialista, cono las demás cosas, se vino todo abajo, porque se fue destruyendo da una manera o de otra. Y volvimos a muchas cosas que los argentinos creíamos ya totalmente superadas para nuestro futuro.
Al hacerme cargo nuevamente del gobierno, o, mejor dicho, cuando calculamos que eso era una cosa posible, comenzamos a estudiar este problema. Nos dimos cuenta de que en la situación creada era indispensable establecer un «modus operandi», una manera de actuar, que permitiera crear valores, no destruirlos. Para crear valores, lo mejor es acordar, ponerse de acuerdo. La lucha es siempre una destrucción de valores y nadie en la vida —ni los patrañas ni los obreros— puede mejorar con la destrucción de los valores.
En esto es necesario tener una alta comprensión. Yo comprendo y entiendo que la misión del dirigente sindical es tratar de mejorarla. Eso es una cosa que es consustancial con su propia existencia. Debe luchar por mejorar. Porque si no lucha como los otros luchan siempre va a pérdida.
Es humano y lógico que de buena fe cada dirigente quiera mejorar a su gente.
Recuerdo una reunión muy importante que yo hacía en 1949 o 1950 con los industriales para ir convenciéndolos de la necesidad de ponerse de acuerdo. En aquella época no era posible, ya que los patrones no estaban organizados. Hoy si es posible, porque son organizaciones las que se comprometen y se entienden. Antes no existía esa organización patronal, que la creamos también nosotros. En este momento es posible que dos grandes organizaciones se entiendan y se pongan a trabajar en conjunto por el bien del país y para el mejoramiento de la clase trabajadora.
Recuerdo una reunión que me causó mucha gracia, de la que no me voy a olvidar. Un industrial decía que los trabajadores querían ganar cada día más. Yo lo miré y le dije: «¿Usted no?» Que cada uno quiera ganar un poco más, es mejor. Lo inteligente y lógico es estudiar las formas en que se pueda llegar a realizar eso sin perjudicar a nadie, porque mejorar un solo lado, perjudicando al otro, no puede ser permanente. La estabilidad viene por un equilibrio y éste viene por un arreglo que a las dos partes satisface. Quizás no todo lo que se ambicione, pero si todo lo que se necesita, que es lo importante.
Ese equilibrio es lo difícil de establecer. Su ruptura trae las grandes perturbaciones que no son sino la destrucción de los valores. Esto es lo que de buena fe uno acepta y comprende, aunque, naturalmente, hay algunos otros factores que ya no son de tan buena fe. Hay algunos que quieren «Lola» por «Lola», nada más.
Este problema para cualquier hombre es un presente griego. La situación en que hemos recibido el país es realmente lamentable, la de un país que tiene obligaciones con el exterior por siete mil millones de dólares. Si multiplicamos por mil pesos, vamos a tener una idea de lo que es esa deuda. Y eso es con nuestros hermanitos del norte.
A lo ya mencionado debemos agregarle en el orden interno una deuda inmensa, que se ha generado como consecuencia de que todo era déficit. Ya se calculaba el presupuesto con treinta mil millones de pesos de déficit como quien se toma una pastilla, sin que a nadie le produjese la menor extrañeza; pero esos treinta mil millones de pesos hay que pagarlos.
Nosotros nos encontramos, como he manifestado, con una deuda interna por déficit de toda naturaleza de tres billones; es decir, tres millones de millones. Es una cosa de locos; ya no se puede leer con tantos ceros. De la única manera que se puede pagar es haciendo plata. Como dice el tango, «para juntar chirolas hay que laburar».
Lo que hemos tratado de hacer es, precisamente, organizar el trabajo. Realizarlo dentro de las posibilidades, sin que todo eso negativo gravite manteniéndonos estáticos. Eso no. El país es como un gran negocio. Es un negocio individual amplificado. Los buenos negocios enriquecen, y con los malos uno se funde. Esto también cuenta para el país y para el Estado, especialmente.
Lo que tratamos de hacer es trabajar para crear. No dar pasos más largos que los que nos permiten los pantalones, pero tampoco quedarnos sentados.
Estamos haciendo todo lo que es posible y ganando de todos lados un poquito. Observen ustedes, que en lo que va de este tiempo —seis meses—, en la proporción de la distribución de beneficios, hemos pasado del 33 % —que era lo que se distribuía antes entre los obreros— al 42 por ciento. En este momento ya hemos aumentado al 42 por ciento. Llegaremos al 50 por ciento poco a poco.
De la misma manera que hemos venido realizando eso, nuestra moneda, que estaba totalmente desvalorizada, ha mejorado en estos 180 días el 40 por ciento de su poder adquisitivo. Es decir, un dólar costaba 1.450 pesos cuando llegamos aquí, y en este momento cuesta 960 ó 970, que iremos bajando más. En pesos ley un dólar cuesta 9,70.
Cuando asumimos el gobierno no teníamos ninguna reserva financiera, y hoy ya tenemos 1.300 millones de dólares en caja.
Compañeros: yo les voy a entregar a todos ustedes un plan trienal, y allí ustedes verán cómo estamos, cómo vamos a estar en 1977 y cómo haremos para lograrlo. Tendrán números y cifras. Todo lo iremos realizando con la misma tranquilidad con que hemos venido trabajando sin «jorobar» a nadie, tratando de ayudar a todo el mundo y complicándole la vida a ningún argentino.
En este momento estamos aumentando nuestra producción industrial y comenzando la exportación en gran escala, y calculamos que ya este año vamos a tener al 31 de diciembre, una exportación de manufacturas por 150 millones de dólares.
Calculamos que para 1977 ya vamos a pasar los 500 millones anuales en materia de exportación de manufactura. Nuestras fábricas van a triplicar su producción, y de 250.000 unidades que exportamos ahora llegaremos a exportar 300 o 400.000. De manera que es así —y eso lo van a ver ustedes en el plan trienal— cómo se va a ir realizando todo ese esfuerzo. Y van a ver lo que representa ese esfuerzo como movimiento de capitales y como ganancia para el país, porque las compañías que lo hacen son compañías argentinas que reditúan acá sus beneficios y no en otra parte, y eso también hay que cuidarlo.
Ahora, en este momento, todo el movimiento de esa naturaleza no pasa de 2.500 millones de dólares. Pensamos que en 1977 estaremos arriba de los 6.000 millones de dólares en cuanto a exportaciones. Y de esos 6.000 millones de dólares, unos cuantos miles quedan de ganancia, no hay que olvidarlo.
En cuanto a esa ganancia, el Gobierno se ocupará de que sea distribuida con justicia entre todos los que la producen, sin colateralismos y sin ninguna ficción: «fifty-fifty», como dicen, mitad y mitad.
Nuestro programa está basado en una expansión que es indispensable. Por eso hemos llegado a estos acuerdos, que nos permiten a su vez llegar a esa expansión sin dificultades, tanto en la zona urbana de la industria como en la zona rural del agro. El mundo actual está hambriento y nosotros fabricamos comida, fíjese si no va a ser un negocio.
Para el año 1977, pensamos triplicar por lo menos la actual producción agropecuaria. En este sentido, debemos también tener presente lo que está pasando en el mundo. En la industrialización y en su aspecto tecnológico, no debemos cometer el error en que se ha incurrido anteriormente. Hay que experimentar en cuero ajeno, porque la experiencia en cuero propio suele ser la maestra de los tontos.
Yo vengo de una región del mundo en la que se ha elaborado toda la grandeza tecnológica del globo, que es Europa. Allá se agarran la cabeza y dicen: «¡Qué bárbaros hemos sido! Nos hemos desarrollado tecnológicamente a costo de extinguir todas las fuentes de producción ecológica de nuestra zona, y ahora estamos a merced de los que vendan materia prima». Y los que venderán materia prima en el futuro somos nosotros.
De manera que imagínense lo que sucederá en un mundo sin proteínas. El hombre no puede vivir más de una semana sin proteínas.
Si se las suprimen totalmente, se muere en una semana. Por eso se ven esos chicos barrigones y esa pobre gente escuálida en todas partes; es la falta de proteínas.
Nosotros tenemos actualmente 50.000.000 de vacas. Tenemos que tener 150 ó 200.000.000 de vacas, porque el mundo, hambriento, nos va a pedir proteínas, y nosotros debemos estar en condiciones de poder darle esas proteínas.
Y lo mismo que con el agro debe ocurrir con la industria. Una fábrica, en vez de producir 100.000 automóviles anuales, debe producir 1.000.000. Y este señor que trabaja en el campo no puede tener sus tierras sólo para tener unas cuantas vaquitas. No; ahora debe tener todas las vacas que el campo permita, y si no, tendrá que pagar un impuesto por tener su campo desocupado.
Compañeros: lo mismo ocurre con el agro. El mundo está deseoso de recibir cereales, pero lo que aquí ha ocurrido es que se ha estado produciendo en una medida insignificante.
Cuando nosotros hicimos los planes quinquenales —de los que teníamos cinco ya elaborados, pero sólo pudimos cumplir uno y medio—, calculábamos que a esta altura ya habríamos de estar en el cuarto plan quinquenal. Y de acuerdo con ese cuarto plan quinquenal, la producción del agro debía haber aumentado por lo menos cinco veces, porque en cada plan quinquenal debía duplicarse. Claro, destruyeron los planes quinquenales, pararon todo y seguimos siendo una rémora. Aquí estamos sentados muy cómodos, pero el país no va adelante.
La misión del que gobierna un país es muy simple, sumamente simple: la obligación fundamental de un hombre de gobierno es hacer la felicidad del pueblo y labrar la grandeza futura de la Nación. Cuando el gobierno cumpla esos dos aspectos, lo demás es todo secundario. Hay que tener un pueblo feliz, sin hesitaciones y sin apuros, trabajando tranquilamente por labrar esa grandeza a lo largo del tiempo.
No hay que sacrificar a una generación para que otra pueda disfrutar, que es ya un cuento muy viejo y conocido. Debemos trabajar despacio, en un ambiente de felicidad y de dignidad en esa tarea, porque asi, «piano, piano», llegaremos en los años y, si no en los siglos, a labrar la grandeza de la Nación.
Por eso, compañeros, cuando debemos hablar de sueldos, o sea, de salarios y precios, tenemos que considerar todos estos aspectos. No podemos lanzarnos a perturbar —diremos— una acción que se va realizando. Yo jamás le he prometido al pueblo argentino nada que no haya sido capaz de cumplir. Hasta ahora, jamás he prometido en vano. Y yo prometo acá, bajo mi palabra, que nosotros, en este plan trienal que iniciamos, vamos a poner a punto toda una situación nacional en donde tanto la felicidad del pueblo como la grandeza de la Nación se vayan realizando paulatinamente.
Pensamos que todo esto es posible. Claro que hay algunos que no quieren que así sea, pero de esos no nos ocupamos; a esos los dejamos, porque no van a hacer tampoco nada. Cuando nosotros nos pongamos en marcha, en la forma en que el país está decidido a hacerlo, lo haremos con paz, con justicia y con libertad. Somos una aplanadora, y el día que nos pongamos en marcha, ¡pobre del que se ponga adelante!
Los trabajadores argentinos tienen mi palabra en ese sentido. Yo les aseguro que volveremos nuevamente a los tiempos en que todo el mundo estaba feliz y tranquilo, y en que el pueblo tenía un poder adquisitivo suficiente como para poder vivir en orden con dignidad y en felicidad.
Cuando nosotros podamos multiplicar nuestro negocio, nuestro gran negocio del país, y podamos distribuir justamente el producto de esa multiplicación, el poder adquisitivo de la masa popular será tan extraordinario que el consumo pegará un empujón para arriba. Eso mejorará el comercio y la industria se multiplicará. La industria hace a la producción; y ese ciclo siempre está formado por esos cuatro factores: producción, transformación o industria; circulación o comercio y consumo. El consumo es un factor de riqueza. Yo pregunto siempre: ¿qué le pasaría a países ricos como Alemania, por ejemplo, si en este momento bajara su consumo, o a Estados Unidos, si le bajara el 20 por ciento el consumo? ¡Sería el «crac» de su economía!
El consumo es un factor de riqueza, no como algunos idiotas creen que para hacerse ricos hay que ahorrar; nadie se ha hecho rico ahorrando. Se hace rico trabajando y haciendo buenos negocios que es lo que el país está en este momento empezando a hacer, saliendo de una inercia que lo mantuvo sumergido durante 18 años. En este sentido, como dije, los trabajadores tienen mi palabra y estén tranquilos que yo sé cumplirla, y les prometo que volveremos a ese poder adquisitivo extraordinario que el pueblo tenía en 1955, donde a nadie le faltaban 100 pesos en el bolsillo, ¡y eran 100 pesos aquéllos!
De modo que todo ese proceso está en marcha. No hay que tener inquietudes en este sentido, porque nosotros tenemos la responsabilidad y afortunadamente sabemos cumplir con ella.
Dentro de pocos días he de anunciar el plan, y cada dirigente recibirá un ejemplar del mismo, el cual podrá estudiar y meditar; porque queremos que este plan no sea conocido sólo por nosotros que lo hicimos, sino por todos los que lo tienen que ejecutar, que es el pueblo. A ese pueblo hay que decirle, a cada uno, su misión, convencido de que si a cada argentino se le dice cuál es su misión, la va a cumplir.
En este momento, todos estamos determinados a marchar hacia adelante, y no quedándonos sentados, como hemos estado en estos últimos años. Hay que pensar que ya con lo que ha pasado hay un inicio de que estamos cumpliendo. La sola valorización de la moneda es un indicio importantísimo, porque con eso aumentó el poder adquisitivo. La congelación de precios, por acuerdo de las partes, se ha llegado a mantener, mientras que el poder adquisitivo, aumentó por la valorización de nuestro signo monetario. Los precios están estáticos por el compromiso contraído.
Además, el hecho de poder movilizar los grandes negocios del país está indicando que a corto plazo todo esto va a satisfacernos de la manera más absoluta y pasaremos de una economía de miseria en que ha estado viviendo el país a una economía de abundancia, como la que ya vivimos en 1955, donde nadie que trabajara podía estar debajo de la línea que fijaba el salario vital y móvil. Debajo de esa línea no debe haber ninguno, sino todos sobre ella, en la concurrencia de su capacidad y en su esfuerzo, que es lo que premia a los hombres, con toda justicia. Es arriba de la línea de la vida donde, aún el más incapaz, debe estar. Los capaces se van clasificando, mejorando y ganando, en relación a su capacidad y a su esfuerzo; eso es lo justo en una comunidad organizada. Cuando se llegue a ese acuerdo, y se marche por esa senda, no deberá haber preocupaciones ni hesitaciones de ninguna naturaleza, porque en lo económico nadie hace milagros. El mismo Cristo sabemos que curó, etcétera, pero a arreglar la economía nunca se puso.
Quería enterarlos a ustedes, que son los que más me interesa que conozcan estos problemas, para tener una sensación real. Se habla de paritarias y de todas esas cosas; de la necesidad de hacerlas; yo aquí podría decir, como Fidel Pintos: «lo inventé yo». Y es cierto, porque los convenios colectivos de trabajo fueron una de nuestras primeras grandes conquistas, pero nosotros los comenzamos a realizar cuando habíamos ya conseguido una economía de abundancia. Porque los convenios colectivos en un período de abundancia aseguran la justicia; en un ambiente de miseria provocan la lucha, que a su vez es negativa para el mejoramiento de todos.
Por otra parte, compañeros, la Confederación General del Trabajo es una garantía para todos los trabajadores, porque conozco a los dirigentes, no de ahora, sino desde hace treinta años. ¡Si sabré yo quiénes son los dirigentes! Tengo la confianza más absoluta en la honradez, honestidad y capacidad de esos hombres. La Confederación General del Trabajo puede estar segura y tranquila con los dirigentes que tiene, aunque algunos tontos digan que son burócratas.
Nuestros dirigentes son responsables, son hombres que saben su oficio y lo conocen perfectamente bien; no juegan a aventuras estúpidas que saben no conducen a nada. Son hombres serios y responsables, que es lo que se necesita tener como dirigentes en todos los órdenes, ya sean políticos o sindicales.
Por eso digo, con respecto a los convenios colectivos, que todo el proceso que estamos viviendo ha sido en base a un convenio colectivo de trabajo, de una paritaria, como le llaman ahora. ¿No se han reunido la Confederación General del Trabajo y la Confederación General Económica, y han realizado un convenio colectivo de trabajo en el más alto nivel? A eso hay que darle tiempo; ningún convenio colectivo puede, «a priori», calificarse, porque no se sabe el resultado. Tenemos que esperar el tiempo suficiente para que eso dé su beneficio. Hace apenas seis meses que hemos hecho el gran convenio colectivo en el que ha intervenido el Estado y las confederaciones patronales y de trabajo. Lo hemos ampliado después al agro, es decir, que todos los trabajadores urbanos y rurales, por medio de sus verdaderos y calificados representantes, que son los dirigentes, han negociado el acuerdo, que debe tener su plazo, que no es de seis meses.
Nosotros habíamos establecido en todos los convenios colectivos dos años. En 1955 ya estuvimos por extenderlo a tres años, para asegurar un equilibrio estable a la organización, tanto patronal como sindical, que le permita al patrón hacer sus planes, porque, evidentemente, ellos tienen que hacerlo en las fábricas, en las industrias y en todas partes. Pero en seis meses no hay plan que se pueda concebir ni realizar; hay que dar un espacio de tiempo.
Por otra parte, y como les acabo de expresar, yo me hago responsable de lo que digo. Nosotros antes del año 1975 ya estaremos en una economía de abundancia. Habrá llegado entonces el momento de poner las cartas sobre la mesa y de distribuir con justicia y de la mejor manera los beneficios que este trabajo de un año y medio o dos nos va a poner en la mano. En ese momento, entonces, haremos todas las cuestiones.
Creo que ahora hay que ponerse a trabajar con orden y tranquilidad, permitiendo que el programa que establecimos hace seis meses —que lleva ya tan buen resultado, porque hemos comenzado a recibir los beneficios— se cumpla. Hay que darse cuenta que hacer una reserva financiera de 1.300 millones de dólares cuando se deben siete mil millones de dólares, no es «moco de pavo».
Compañeros: he querido hacer esta disertación referida a este tema porque deseaba que todos los compañeros tuvieran fe en nosotros, y en el gobierno, que jamás ha defraudado al pueblo. También debemos tener fe en los dirigentes sindicales, que siempre han demostrado un cumplimiento honesto y capacidad en su misión. Si ellos marchan adelante con la bandera que nosotros hemos enarbolado, yo les aseguro que nadie tendrá por qué arrepentirse. Si alteráramos el rumbo, haciéndole el gusto a muchos que «quieren lola», no tendríamos mucho que agradecerles.
Cuando iniciamos nuestra tarea, dijimos que necesitábamos un margen para reconstruir el país. Estamos en plena reconstrucción. Antes de hacer esto no podemos poner en marcha una ampliación de todas nuestras cosas. A pesar de eso, ustedes ven que en el esfuerzo de la reconstrucción ya estamos mejorando la vida argentina la hemos mejorado desde todo punto de vista: económica, social y espiritualmente. Yo veo la carga de los argentinos muy distinta de cómo la vi el 17 de noviembre de 1972 cuando volví al país.
Compañeros: creo haber desarrollado este tema con toda la amplitud que merece la consideración de un asunto tan importante.
Finalmente quiero cerrar esta conversación asegurándoles a los trabajadores argentinos que estamos, tanto el gobierno como los dirigentes sindicales, firmes en la observación. Nada que sea injusto podrá producirse en el futuro en la distribución de los bienes, que impida asegurar un perfecto equilibrio en una economía de abundancia, donde cada argentino, en un país realizado, pueda también hacer su propio destino.
Muchas gracias.