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Desde que Héctor J. Cámpora asumió el gobierno, el 25 de mayo de 1973, el pueblo argentino aún no había podido sustraerse a la violencia que se había vivido desde el golpe de Estado de 1955. El regreso definitivo del General se produciría a menos de un mes de ese 25 de mayo de festejos y alegrías: el 20 de junio era el día elegido.
El 19 comenzaron a llegar columnas de mujeres y hombres del Movimiento, llenos de esperanzas por la llegada de Perón después de su injusto exilio. Caravanas de personas cantando, con sus bombos, sus consignas y sus carteles, con banderas, caminaban hacia el cruce entre la Autopista Ricchieri y la Ruta 205. Estribillos, bocinas, cornetas, la marcha se hacía lenta a medida que de que se incorporaban nuevas columnas de peronistas. Era la concentración más grande que se había visto hasta el momento, se calcularon tres millones de personas.
Había carpas instaladas por la Comisión Organizadora. También contaban con el apoyo de las ambulancias y 117 puestos sanitarios enviados por el Ministerio de Bienestar Social.
El palco estaba rodeado por grupos con pancartas y banderas. Desde ese palco comienza el tiroteo de ametralladoras que tiran a mansalva. Durante 45 minutos, se mantuvo el fuego de balas de todo tipo de calibre.
El pueblo peronista, una vez más, expuso su vida; los que se enteraban de lo sucedido a través de los medios de comunicación, sentían que la violencia seguía en las calles; el General Perón habrá sufrido la desilusión de no poder reencontrarse con su gente, que tanto había hecho por su retorno cuando el vicepresidente, Solano Lima, dio la orden de que el avión que lo traía a la patria, no bajara en Ezeiza y se dirigiera a Morón. Desde allí, pudimos escuchar la voz del General, inconfundible, que por la radio, decía “He llegado hoy a Buenos Aires después de dieciocho años de extrañamiento, con la intención de dar un abrazo simbólico desde lo más profundo de mi corazón al pueblo argentino y un sinnúmero de circunstancias lo han impedido”.
A pesar de estos terribles sucesos que dejaron un saldo de heridos y de muertes, subyacía en todo el pueblo argentino la luz de la esperanza que significaba volver a tener al General en su tierra, en nuestra tierra. Sólo él era capaz de devolver la paz a todos los habitantes de este bendito suelo. Perón era la esperanza renovada de la justicia social, la independencia económica y la soberanía política para la inmensa mayoría de los argentinos.
Terminaban los decretos 4161, las proscripciones de personas, los planes Conintes, la cárcel, las cesantías y, sobre todo, se reparaba la injusticia de tener al hombre más amado de la Argentina, fuera de ella.
Podíamos dormir tranquilos: Perón estaba en casa.