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El 3 de noviembre de 1951, a una escasa semana de la elección presidencial, se anunció que la señora Evita sería sometida a un tratamiento quirúrgico. Fue internada en el Policlínico Presidente Perón de Avellaneda cuyo Director era el doctor Finochietto.

El 5 de noviembre el cancerólogo George Pack realizó la operación y dijo que había que esperar seis meses para saber si la paciente sobreviviría, recomendándole descanso por un largo período. Dice Perón:

Traté de intervenir pero sin éxito. Eva continuaba aferrada a sus tarea, recibiendo gente, interiorizándose de sus problemas y necesidades, brindando consuelo, esperanzas y soluciones, y como de costumbre, regresando a casa a altas horas de la noche, cuando no al alba. En una

oportunidad en que la reprendí muy severamente, me respondió: “Sé que estoy muy enferma y sé también que no me salvaré. Pero pienso que hay cosas más importantes que su propia vida y si no las realizase, me parecería no dar cumplimiento a mi destino”.

El 4 de junio de 1952, el general Perón asume se segundo período presidencial. Apold recuerda ese día:

A eso de las 10 de la mañana llegué a la residencia para entregar a Eva un ejemplar de “Argentina en marcha”(…). Perón conversaba con la madre de Eva: ambos se mostraban preocupados por el insistente deseo de la enferma de asistir a los actos de la asunción del mando. El general me sugirió que le dijera a Eva que afuera hacía mucho frío. La señora vestía un pijama celeste. Hojeó el libro con atención. Al ver una fotografía suya le brotaron las lágrimas: “Lo que llegué a ser y miren cómo estoy ahora”. Para cambiar de tema le comenté que en la calle hacía un frío tremendo. Ella se enojó mucho y me recriminó :”Eso se lo manda decir Perón, pero yo voy igual. La única manera de que me quede en esta cama es estando muerta”.

En su afán por presentarse parada ante su pueblo, Evita le pidió a un hombre de su confianza, Ángel Burraco Benitez, que la atara a un soporte, disimulado bajo su tapado, por que sabía que su cuerpo agotado no podía soportar el trayecto de pie. Cada tanto, él debía acomodarla para evitar que se cayera sobre el limpiaparabrisas. Después de la jornada, extenuada pero feliz, Evita comentaba:

¡Qué lindo es el pueblo! Creo que voy a tener que volver a la Secretaría. Al principio atenderé tres horas por día…Sí, tengo que volver…”.

Esa fue la última vez en la que estuvo físicamente cerca de su pueblo.

El sábado 26 de julio, a las 20.36, se informó por la cadena de radiodifusión:

Cumple la subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las 20.25 horas ha fallecido la señora Eva Perón, Jefa espiritual de la Nación. Los restos de la señora Eva Perón serán conducidos mañana al Ministerio de Trabajo y Previsión en donde se instalará la capilla ardiente.”

Ese sábado era un lluvioso y frío día de invierno, ese 26 de julio en el que una multitud desconsolada comenzó a acercarse para despedir a Evita.Se formaban en colas que llegaban a cubrir 35 cuadras, con paraguas, silenciosos, los que tanto habían rezado por su salud esperaban para rendir su último tributo, para besarla por última vez.

El cuerpo de Evita fue trasladado, después de un último homenaje en el Congreso de la Nación, a la CGT, en donde permaneció hasta diciembre de 1955 en que un grupo comando, por orden del Presidente de facto, secuestró el cadáver del que no se supo nada por quince años.

El doctor Jorge Taiana, uno de los médicos que la atendían durante la enfermedad, fue interrogado durante un reportaje acerca de los últimos momentos de vida, de algo que tuviera valor histórico y él contestó:

De valor histórico… A pesar de toda la gravedad, lo que a mi me llamó más la atención era el profundo amor que tenía por la gente, por los pobres, por los desposeídos, por el general Perón. Esto no lo digo por dramatizar o mitificar las cosas. Realmente, dentro de la actitud de una mujer moribunda, su amor por el pueblo no dejó de acompañarla hasta el último instante. Era lo que resaltaba en esas reflexiones con el médico que estaba al lado del lecho, en la cabecera. Esta actitud es para mi de una significación muy singular, muy llamativa porque mucha gente tiene en su vida grandes amores –o grandes vocaciones- pero cuando se acerca el momento de la muerte, esos amores se apagan. Y es lógico, pues predomina el instinto de conservación. Se repliegan sobre sí mismos. Ella, en cambio, murió expandida, sobre los niños, sobre la gente, sobre los “cabecitas negras”, demostrando, a mi juicio, una vez más, la autenticidad de su pasión como no ví jamás en ningún otro político.”

El golpe de Estado de septiembre de 1955 no se detuvo ante la Fundación creada por Evita que tanto bienestar había derramado sobre los más necesitados: destruyeron en inmensas fogatas libros, folletos, sábanas, mantas, muebles, frascos de vacunas y todo objeto de la Fundación aduciendo que tenían el escudo de la institución. Destruyeron las estatuas que estaban en el frente del edificio, saquearon sus depósitos y transfirieron sus fondos al nuevo Ministerio de Asistencia Social. También robaron de la Residencia Presidencial sus vestidos, sombreros y zapatos después de exhibirlos y los subastaron en diciembre de 1956.

El decreto-ley Nº4161 prohibió nombrarla, el cuerpo querido fue secuestrado y arrastrado por el mundo, ocultado en un lugar secreto y, desde ese momento, la devolución de sus restos fue la bandera de lucha, la exigencia permanente de Perón, de sus familiares, del movimiento obrero, de la juventud peronista.

Cuando una de las tantas dictaduras militares que debió soportar el pueblo argentino ya no podía sostenerse, frente a la inminencia de la caída, el presidente de facto Lanusse se vió obligado a devolver el cuerpo de Evita como condición ineludible para la transición a la democracia.

El 2 de septiembre de 1971, el féretro fue entregado en Puerta de Hierro, en Madrid, al general Perón y finalmente, volvió a la patria el 17 de noviembre de 1974, a pocos meses del fallecimiento del General.

Hoy queremos recordarla a través de sus palabras:

Yo no quise ni quiero más para mi. Mi gloria es y será siempre el escudo de Perón y la bandera de mi pueblo, y aunque deje jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”.

A 68 años de su muerte, con la congoja que aún hoy nos llena el alma al evocar lo que el odio irracional hizo con sus restos mortales pero con el amor y la lealtad intactos, damos gracias a Dios por su gloriosa vida.

LORENZO A. PEPE
Diputado de la Nación (m.c)
Secretario General
Ad-Honorem