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Invitado por el presidente del Instituto Económico Interamericano, el coronel Juan D. Perón, a cargo de la Secretaría de Trabajo y Previsión y del Consejo Nacional de Posguerra, pronuncia un discurso, el 25 de abril de 1945 en conmemoración del Día de las Américas, dejando establecidos dos de los lineamientos que marcarán su gobierno: la justicia social y la integración americana.
Entre toda su extensa disertación podemos destacar en estos tres párrafos:
«Antes de crearse la Secretaría de Trabajo y Previsión, desde el mismo momento en que me hice cargo del extinguido Departamento Nacional del Trabajo, expuse mi convicción, profundamente arraigada, de que debía desaparecer el encono y la violencia entre patronos y trabajadores. Para lograrlo no prescribía otro remedio que la implantación de la justicia social: que el Estado intensificara el cumplimiento de su deber social. A la distancia que hoy llevamos recorrida, ratifico una vez más mi convencimiento de que para llegar a una perfecta inteligencia entre patronos y obreros y establecer, a la vez, un verdadero equilibrio en su vida de relación, se requiere que la base de sustentación sea una inquebrantable justicia distributiva».
«Ante esta alta tribuna, desearía declarar a la conciencia americana que la acción entablada por el gobierno argentino en favor de sus hombres de trabajo consiste en asegurarles las condiciones necesarias de existencia para que se sientan copartícipes de las riqueza de la Nación, para que tales condiciones sean dignas y compatibles con la condición humana correspondiente a un país civilizado, y para que no sea posible el abandono material y moral en que nuestros trabajadores del campo y de la regiones apartadas viven hasta el presente, ni debamos avergonzarnos más frente al «rancho» de los suburbios de nuestros emporios industriales, ni ante el muchachito descalzo de nuestro desierto de piedra y arena, ni ante el espectro humano que surge hambriento de entre las espesuras de la selva. Y no queremos avergonzarnos más tampoco de que en la gran ciudad de todos los refinamientos, el obrero experto, profesionalmente calificado, viva hacinado con su familia en una pieza inmunda porque su patrono se niega a pagarle un jornal decoroso».
«Cuando el gobernante, desde los receptáculos de la vibración nacional, percibe las ansias de mejoramiento de los humildes, de los que se afanan en el cumplimiento de sus deberes, de lo que anónimamente contribuyen a labrar el porvenir de la comunidad patria, siente desbordar su corazón del sentimiento más puro, en que laten los principios inmutables de la igualdad y fraternidad humanas, y anhela que aquellas ansias, aquellos afanes y aquellos esfuerzos encuentren el condigno reconocimiento de la justicia humana. Yo no sé cómo pueden ser interpretadas estas emanaciones del sentimiento innato de justicia que conservo en mi corazón; pero puedo afirmaros, sin temor a ninguna clase de crítica, que siento cada día más acusada la necesidad de que todos comprendamos que sólo podremos marchar en paz y hacia adelante si la equidad preside las relaciones jurídicas y económicas entre los hombres y entre los pueblos».