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Un grupo de 25 presos políticos detenidos en el penal de Rawson, provincia de Chubut, protagonizaron una fuga el día 16 de agosto de 1972. Seis de ellos lograron huir en avión a Chile y 19 se entregaron en el aeropuerto de Trelew, después de hacer declaraciones ante los medios de comunicación y con la garantía del juez Godoy. En lugar de devolverlos al penal de Rawson, fueron trasladados en un colectivo a la base aeronaval Almirante Zar de Trelew.
El 17 de agosto, el Partido Justicialista envió un telegrama al Presidente de la Nación, General Alejandro A. Lanusse, exigiendo respeto por las vidas de los detenidos.
Una semana después, el 22 de agosto a las 3.30 de la madrugada, fueron sacados de sus celdas y fusilados. De los muertos, nueve tenían tiro de gracia y otros siete fallecieron en la enfermería por abandono. Tres sobrevivientes declararon lo sucedido: Alberto Miguel Camps, María Antonia Berger y Ricardo René Haidar. El gobierno justificaba la masacre diciendo que los detenidos habían intentado fugarse y que se había producido un tiroteo con la consecuencia de la muerte de 16 presos y ninguna baja de parte de los marinos.
El 5 de septiembre de 1972, el entonces capitán de navío Horacio Mayorga en la misma Base Aeronaval Almirante Zar, dijo frente a todo el personal de esa dependencia: “ Lo hecho bien hecho está. Se hizo lo que se tenía que hacer. No hay que disculparse porque no hay culpa. La muerte está en el plan de Dios no para castigo sino para la reflexión de muchos”.
Los cuerpos de los asesinados fueron entregados a sus familiares en cajones cerrados en  Santa Fe, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba y a la Capital Federal para ser velados.
En el local del Partido Justicialista de Avda. La Plata se instaló la capilla ardiente y allí fueron trasladados tres de los cuerpos. Los familiares hicieron abrir los ataúdes y se labraron actas en las que constaba que todos tenían tiros de remate. A la mañana siguiente, la policía bajo el mando de Villar, cargó con caballos, perros y tanquetas contra la puerta del local, reprimiendo a los golpes y con camiones hidrantes a los familiares y amigos que habían ido a despedir los restos de los fusilados. Lo mismo sucedió en la sede del Partido Justicialista de Córdoba.
Los familiares de los muertos fueron perseguidos, algunos detenidos y otros asesinados, como fue el caso de la familia de Mariano Pujadas: sus padres y hermanos fueron sacados de la casa, fusilados y dinamitados con explosivos.
Los tres sobrevivientes, Camps, Berger y Haidar, integran el listado de detenidos-desaparecidos de la dictadura del 76.
Toda esta impunidad llegó a su fin el año pasado cuando el 7 de mayo comenzó el juicio por la Masacre de Trelew, a cargo del Tribunal Oral DFederal de Comodoro Rivadavia que se desarrolla en el teatro José Hernández de la ciudad de Rawson. Los jueces Enrique Guanziroli, Pedro de Diego y Nora Monella iniciaron el histórico proceso en el que están imputados Rubén Paccagnini, Luis Sosa, Emilio Del Real, Carlos Marandino y Jorge Bautista. El juez de instrucción Hugo Sastre consideró probada la participación de los imputados en los fusilamientos. “El 22 de agosto de 1972, en la Base Aeronaval Almirante Zar de Trelew, aproximadamente a las 3:30, se apersonaron en el lugar un grupo de oficiales armados con pistolas reglamentarias calibre 11,25 y ametralladoras PAM. Luego de despertarlos, se los hizo formar fila en el pasillo; tras ello los oficiales, sin más, abrieron fuego con las ametralladoras PAM que portaban contra los jóvenes, alguno de los cuales cayeron abatidos por los disparos en el mismo pasillo, mientras que otros, instintivamente se arrojaron al interior de las distintas celdas más próximas donde se encontraban. Luego de las ráfagas ininterrumpidas de ametralladoras, siguieron disparos aislados que concretaron la muerte de algunos de los jóvenes que estaban heridos”.
En el mes de octubre de 2012 Luis Sosa, Carlos Marandino y Emilio De Real fueron condenados a cadena perpetua al encontrarlos el tribunal culpables de homicidio con alevosía de 16 personas.
A 41 años de los fusilamientos, tenemos el orgullo de decir que los asesinatos no quedaron impunes. SE HIZO JUSTICIA.

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