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El 25 de septiembre de 1973, una ráfaga de disparos terminó con la vida de José Ignacio Rucci, en ese entonces Secretario General de la CGT.
El país vivía una ola de violencia sin precedentes, consecuencia de las sucesivas dictaduras militares que habíamos sufrido los argentinos por años, desde el funesto septiembre de 1955.
Dos días antes de aquel fatídico 25 de septiembre, los peronistas habíamos festejado el triunfo electoral que llevaría por tercera vez al Gral. Juan Domingo Perón a la Presidencia del país. Y la muerte de Rucci anticipaba que esa alegría sería efímera.
José Ignacio Rucci nació el 15 de marzo de 1924, en Alcorta (Santa Fe). Fue delegado en la UOM (Unión Obrera Metalúrgica). En 1970, el Congreso Normalizador lo eligió Secretario General de la Confederación General del Trabajo.
A pesar de que durante su gestión generó amigos y enemigos, debemos reconocer que desde su posición en la CGT realizó reclamos ante los militares por los derechos de los trabajadores que habían sido atropellados por la dictadura. Llevó a cabo una serie de paros nacionales para demandar la vigencia de la ley de salarios, las leyes de previsión social, la plena vigencia de las obras sociales, etcétera.
Recordamos sus regresos desde Madrid, donde iba a entrevistarse con el general Perón, trayendo directivas para los compañeros trabajadores. Fue uno de los protagonistas en el retorno del General al país, habiendo quedado retratado para la posteridad, al pie de la escalerilla del avión, con un paraguas abierto para recibir el Líder que volvía a reencontrarse con su Patria y con sus descamisados.
El día que fue asesinado, Rucci salía de una casa del barrio de Flores. Su muerte no hizo feliz a ningún argentino que quería volver a vivir en un país como el que recordábamos cuando estaban Perón y Evita.
¡Compañero Rucci, descanse en paz!

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