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Recordando las sensaciones vividas aquel 10 de diciembre de 1983, siento agolpar en mi cabeza variadas emociones y esperanzas.

Con una gran conmoción interior vimos entrar al recinto de Diputados, reunido en Asamblea Legislativa, la figura del Presidente electo por la voluntad popular, el Dr. Raúl Alfonsín. En el momento de su juramento, nos pusimos de pie y aplaudimos con un grito desde el fondo de nuestros corazones: “¡Viva la Democracia!”.

Todos los diputados -hombres y mujeres- nos sentimos uno solo, entrelazados en el afán de restituirle a la ciudadanía argentina las libertades individuales, el derecho a pensar libremente y, sobre todo, el respeto a la dignidad humana.

Teníamos la esperanza de construir un país con gran sentido de la convivencia cívica, tolerante y capaz de entender que nadie debe estar detenido, preso, confinado o, lo que es aún peor, perder la vida por el solo hecho de pensar diferente al que gobierna.

Todo eso fue cumplido acabadamente. Sé que aún falta mucho por realizar para incorporar definitivamente a los sectores marginales al círculo virtuoso de la inclusión con derecho a una educación pública de calidad, a una salud pública eficiente y a un salario digno.

Todavía hay argentinos y argentinas que no han podido acceder a estas cuestiones que parecieran tan elementales, pero que aún siguen siendo un desafío para toda la clase dirigente y la sociedad en su conjunto. Si a eso le agregamos el sentimiento profundo de repudio a la violencia y al alto grado de criminalidad que todos los días sacuden nuestros sentimientos, concretamos cuales son aquellas esperanzas que queremos alcanzar.

Vale recordar en esta reseña de sensaciones que tuviese durante el desempeño del cargo como Diputado de la Nación en tres o cuatro ocasiones en que el sistema institucional estuvo a punto de derrumbarse, fueron las de mayor dramatismo.

Visto a la distancia uno lo ve como una cuestión que podría haber sido sorteada fácilmente, pero nosotros estuvimos ahí adentro – me refiero al Congreso de la Nación- y podemos decir que fue muy difícil, porque hubo una coyuntura en la historia institucional de los argentinos; me refiero al levantamiento de los carapintadas en Semana Santa de 1986: hubo alzamientos en Campo de Mayo -que fue el principal-, en villa Martelli, en Monte Caseros y en Corrientes y fueron, a nuestro entender, los hechos más graves.

Esa revuelta militar sacudió al gobierno del Presidente constitucional Raúl Alfonsín y la actitud de los opositores -que éramos nosotros- fue la de un absoluto y férreo apoyo a la figura institucional que estaba representada en el Presidente de la Nación. Algunos fuimos a la casa de Gobierno a abrazarlo y a compartir un momento en el histórico balcón; una multitud enorme de muchísimos militantes jóvenes, de todos los sectores políticos, se agolparon sobre la Casa Rosada. Otros compañeros rodearon Campo de Mayo y se cansaron de insultar a quienes se habían levantado en armas, descalificando duramente ese intento golpista apenas a unos meses después de haber asumido la presidencia un hombre que había sido electo mayoritariamente por la voluntad popular de nuestro pueblo.

Antes de finalizar el mandato, el Presidente Alfonsín convocó a Carlos Menem y hubo una asonada muy grave en el regimiento de la Tablada, donde un grupo de guerrilleros -autodefinidos como el ERP: Ejército Revolucionario del Pueblo- donde su comandante era Enrique Gorriarán Merlo -fallecido en 2006 en el Hospital Argerich de Buenos Aires-, en el que también y para sorpresa de muchos, el ejército argentino y algunos carapintadas combatieron contra el grupo subversivo que pretendía con diferentes argumentos, desplazar del Gobierno al Presidente constitucional.

Destacamos estos dos hechos como los más importantes, en los que la oposición no titubeó al cumplir la tarea que nos había encomendado el pueblo argentino en esa etapa institucional, pero en relación al mantenimiento del sistema democrático y político, nuestro pueblo había desalojado a una Dictadura brutal, como fue la Dictadura Genocida del 76 al 83 y estuvimos al lado del Gobierno como si fuéramos una sola persona, pero éramos miles de ellas, con un solo sentimiento que era guardar el sistema político que tanto había costado restablecer.

En la etapa del presidente Menem, a diez años del Sistema Democrático recuperado, hubo una sublevación grave por la cantidad de muertos en el Regimiento 1 de Patricios en Palermo, que nació con la Patria, algunos eran soldados conscriptos, que pagaron con su vida. Esa rebelión fue encabezada -aunque no estuvo al frente de los que intentaron tomar el Regimiento- por el Teniente Coronel Mohamed Alí Seineldín.

En el 2001 el gobierno de Fernando de la Rúa se derrumba literalmente, frente a varios acontecimientos que apuraron la caída del gobierno constitucional.

La de mayor significación fue la renuncia indeclinable del Vicepresidente de la República, Carlos “Chacho” Álvarez, en el que mucha gente había depositado esperanzas muy alentadoras. Otro hecho fue la declaración de Estado de Sitio en todo el territorio nacional, lo que creó más incertidumbre y mucha bronca en la gente, que salió a la calle manifestándose a través de los “cacerolazos” y produciendo hurtos en los supermercados de comestibles y productos de primera necesidad en el Primer y Segundo Cordón del Gran Buenos Aires.

Este fue el Congreso que durmió, literalmente, una semana en sus bancas mientras cinco presidentes pasaron. El primero fue Ramón Puerta, que asumió la presidencia solo algunas horas. El segundo fue Rodríguez Saá, que estuvo una semana. Después le siguió Eduardo Camaño, que evitó que el Presidente de la Corte se hiciese cargo; frente a esa pretensión nos opusimos fuertemente y de mala manera invitamos al Delegado de la Suprema Corte, a retirarse del despacho del Presidente de la Cámara de Diputados.

Rápidamente en Asamblea Legislativa elegimos la figura del nuevo Presidente legislativo o transitorio, Eduardo Duhalde, quien pudo encarrilar relativamente la situación económica: cambió el sistema sobre el cual habíamos cabalgado durante diez años de neoliberalismo muy duro y cruel para volver a plantearse la producción en el campo de la reindustrialización argentina y proponía convocatorias a una gran mesa de diálogo -en la que tuve oportunidad de participar en alguna de sus reuniones- en la cual desde la Iglesia hasta la sociedad en su conjunto hacían una clara defensa del sistema constitucional.

Luego vino el proceso electoral, llegó al poder Néstor Kirchner con el 22% de los votos y llegamos a los días de la actualidad, en la que es una historia más fácil de ser entendida y comprendida por quienes hemos vivido y estamos viviendo este proceso, pero esta es otra historia.

Sin embargo, debo decir que hoy recuerdo con gran orgullo a ese grupo de 254 diputados nacionales y más de 60 senadores de la Nación que, representando a los estados provinciales, juntos conformamos la Asamblea Legislativa que recibió al nuevo presidente de los argentinos y vivimos con emoción la restitución del sistema democrático.

No hay nada más preciado para una sociedad que se pretende progresista, equitativa y justa en sus decisiones, como determina la Constitución Nacional, que el respeto para todos los que vivimos en este amado suelo argentino, generoso como ninguno. Una República abierta, como dice el preámbulo “a todos los hombres de buena voluntad”.

Me siento orgulloso de haber formado parte de ese grupo de personas que luchamos fuertemente para reestablecer la vigencia de los derechos políticos en nuestro país. Orgulloso, también, por haber cumplido cabalmente la misión que la voluntad popular dispuso el 30 de octubre de 1983, a través de una elección ejemplar. Me siento satisfecho de haber compartido la posibilidad de erradicar definitivamente a la dictadura genocida y trabajar incansablemente para evitar que pueda repetirse en nuestra Nación un atropello a los derechos humanos, como los que se llevaron a cabo durante ocho largos años.

Tenemos que seguir trabajando, haciendo el esfuerzo de sentirnos cada día más argentinos y mucho más amantes de esta Patria a la que todo le debemos, porque es –vuelvo a reiterar- acogedora para propios y extraños. En ella hemos criado a nuestros hijos y en ella hoy guiamos a nuestros nietos. Todos formamos una comunidad que pretende vivir bajo esa tolerancia a la que me he referido.

Hoy solo me resta hacer propia una frase que el General Juan Domingo Perón supo decir –en más de una oportunidad- que todo gobierno debe tener como un logro por laborar incansablemente: “Hay que trabajar por la grandeza de la Patria y la felicidad del pueblo argentino”.

Y para cerrar, una última reflexión: se ha logrado como producto de un claro crecimiento en el compromiso del conjunto del pueblo argentino, vivir en una sociedad mucho más tolerante y un muy fuerte apoyo a las Instituciones de la República.

A treinta años de este hecho, homenajeamos enormemente a nuestro pueblo y a un Congreso de la Nación que tuvo una activa participación en la defensa de las instituciones.

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