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Dijo el Papa Francisco: “Pero hay una cosa que quiero hacer notar: esto se dio gracias a la voluntad de diálogo. Solamente cuando hay voluntad de diálogo se solucionan las cosas. Y quiero también elevar un pensamiento de gratitud a San Juan Pablo II y al cardenal Samoré que tanto hicieron para lograr esta paz entre nosotros. Ojalá todos los pueblos que tengan conflictos de cualquier índole, sean limítrofes, culturales, se animen a solucionarlos en la mesa del diálogo y no en la crueldad de una guerra”.

 

En 1881, Argentina y Chile fijaron su frontera común firmando el Tratado de Límites que no hacía referencia a las islas Picton, Lennox y Nueva.

En 1971, los presidentes de ambos países acordaron someter al arbitraje de Gran Bretaña la posesión de las tres islas que dominaban el paso del Canal Beagle y, por lo tanto, las aguas que unen los océanos Atlántico y Pacífico, al sur del continente americano.

En 1977, el laudo arbitral decidió a favor de Chile y el gobierno argentino lo rechazó.

Los dos países estaban gobernados por dictaduras militares y comenzaron las negociaciones con dos importantes reuniones cumbre en El Plumerillo y en Puerto Montt entre ambos presidentes de facto, Jorge Rafael Videla y Augusto Pinochet, sin resultados positivos. Los dictadores de turno llevaban a una ciudadanía inerme hacia una nueva aventura asesina. Según Videla “El plan consistía en invadir territorio chileno y librar la batalla aeronaval y terrestre en la llanura chilena y, después de derrotarlos, decirles “Las islas son nuestras por la fuerza”.

Miles de soldados fueron movilizados hacia la frontera y los trenes llevaban ataúdes para poner a los muertos. A sólo pocas horas de comenzar la guerra fratricida, el Papa Juan Pablo II designó al cardenal Antonio Samoré como su representante para mediar en pos de una resolución pacífica del conflicto.

Samoré había adquirido una gran habilidad en cuestiones diplomáticas como secretario de la Nunciatura en Lituania y en Suiza y el haber sido Nuncio Apostólico en Colombia le permitía hablar un perfecto castellano.

En plena tensión bélica, cuando la confrontación militar era inminente, el cardenal Samoré se entrevistó con los presidentes de ambos países y dijo una frase que retumbó en los oídos de los hermanos de las dos naciones: “Siempre hay una lucecita de esperanza”.

Después de la exitosa gestión por la paz del cardenal Samoré, el 8 de enero de 1979, los países acordaron aceptar la mediación papal evitando el uso de la fuerza.

Recién el 29 de noviembre de 1984, los cancilleres de Argentina y Chile firmaron el Tratado de Paz y Amistad que estableció definitivamente los límites desde el Canal Beagle hasta el Cabo de Hornos.

Argentinos y chilenos debemos un agradecimiento eterno a la intervención providencial del representante papal, cardenal Antonio Samoré, que logró el triunfo de la paz sobre la guerra, entre dos países hermanos.

Ambos pueblos hermanos, nacidos simultáneamente a la Libertad de los Reyes de España, deben gritar con la voz en cuello:

 

VIVA LA FRATERNIDAD Y

LA AMISTAD ENTRE LOS PUEBLOS

DE CHILE Y ARGENTINA

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