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El 6 de agosto  y el 9 de agosto de 1945 son dos fechas que quedaron grabadas en la historia de la humanidad como el ejemplo de la degradación de la condición humana: se produjeron los primeros y únicos ataques nucleares que el planeta ha vivido hasta ahora, en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en Japón.

Un hongo radiactivo que se elevó al cielo 13 kilómetros, la muerte por desmaterialización de personas producto de los 4000 grados de temperatura, la destrucción del 80% de las ciudades y las enfermedades producto del envenenamiento por radiación… las mutaciones genéticas… nada de esto debe volver a suceder jamás.

No alcanzan las palabras para describir el escenario de horror que produjo la decisión del presidente Truman que, según dijo, buscaba la rendición del Imperio de Japón arrojando estas bombas de uranio 235 y de plutón 239 que llevaban como nombre Little Boy (Niñito) y Fat Man (gordo).

Se eligieron las ciudades privilegiando que eran grandes centros urbanos que podían ser “exhaustivamente dañados”, lo que permitiría “obtener el mayor efecto psicológico” y haría espectacular el uso inicial de la bomba que sería reconocida internacionalmente.

Hiroshima era una ciudad repleta de talleres de madera ubicados entre los hogares japoneses, también construidos con madera y papel. Calculan que vivían 255.000 personas al momento del ataque.

A las 8.15 la bomba fue arrojada e incendió el aire circundante creando una bola de fuego. Vale la pena copiar textualmente la descripción del artillero de cola del avión, que dice:

“Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Todo es pura turbulencia. Es una masa burbujeante gris violácea, con un núcleo rojo. Todo es pura turbulencia. Los incendios se extienden por todas partes como llamas que surgiesen de un enorme lecho de brasas. Comienzo a contar los incendios. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… catorce, quince… es imposible. Son demasiados para poder contarlos. Aquí llega la forma de hongo de la que nos habló el capitán Parsons. Viene hacia aquí. Es como una masa de melaza burbujeante. El hongo se extiende. Puede que tenga mil quinientos o quizá tres mil metros de anchura y unos ochocientos de altura. Crece más y más. Está casi a nuestro nivel y sigue ascendiendo. Es muy negro, pero muestra cierto tinte violáceo muy extraño. La base del hongo se parece a una densa niebla atravesada con un lanzallamas. La ciudad debe estar abajo de todo eso. Las llamas y el humo se están hinchando y se arremolinan alrededor de las estribaciones. Las colinas están desapareciendo bajo el humo. Todo cuanto veo ahora de la ciudad es el muelle principal y lo que parece ser un campo de aviación”.   Bob Caron, artillero de cola/fotógrafo .

Dijo Truman:  Con esta bomba hemos añadido un nuevo y revolucionario incremento en destrucción a fin de aumentar el creciente poder de nuestras fuerzas armadas. En su forma actual, estas bombas se están produciendo. Incluso están en desarrollo otras más potentes

Nagasaki, ciudad con pequeñas industrias y casas de madera y papel también, con astilleros y puertos, fue bombardeada el 9 de agosto a las 11.01 horas, llevándose la vida de 75.000 personas.

 

Antes de ayer, el domingo 9 de agosto, luego del tradicional Angelus en la Plaza de San Pedro, nuestro Papa Francisco recordó el horror vivido en Hiroshima y Nagasaki diciendo sobre el bombardeo: “este trágico suceso suscita todavía horror y repulsión y constituye una advertencia continua para la humanidad, para que repudie para siempre la guerra y destierre las armas nucleares y toda arma de destrucción masiva”. “Se convirtió en el símbolo del ilimitado poder destructivo del hombre cuando hace un uso equivocado del progreso de la ciencia y de la técnica”. “Esta triste ocasión nos llama sobre todo a rezar y a comprometernos por la paz, para difundir en el mundo una ética de fraternidad y un clima de serena convivencia entre los pueblos.  De cada tierra se eleve una única voz: ¡no a la guerra, no a la violencia, sí al diálogo, sí a la paz! Con la guerra siempre se pierde. ¡El único modo de vencer una guerra es no hacerla!»

 

Hacemos nuestras las palabras del Santo Padre. ¡NUNCA MÁS!

LORENZO A. PEPE
Diputado de la Nación (m.c)
Secretario General
Ad-Honorem

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