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Hace algunos días atrás, el 23 de noviembre, manifesté públicamente mi decisión de ser ciudadano de los países hermanos, del Estado Plurinacional de Bolivia y de la República del Paraguay, a quienes tanto daño le hemos hecho en la Guerra de la Triple Alianza, allá por 1860, junto con el Imperio Brasileño y la República Oriental del Uruguay.

Quiero ser ciudadano paraguayo. Pienso en los hermanos que cruzan la frontera en búsqueda de una nueva posibilidad para su vida. Quiero también ser ciudadano boliviano. Las razones que explican esta voluntad son las mismas para ambos Estados. No es posible descalificar a quienes vienen en búsqueda de un nuevo destino, a un país como el nuestro, abierto para todo hombre y toda mujer “que quieran habitar en el suelo argentino”, como dice el Preámbulo de nuestra Constitución. Sé que no son fáciles los requisitos para solicitar una ciudadanía extranjera o tener una doble ciudadanía.

En la Argentina ya no hay más grandes inmigraciones de países como Italia y España, de donde sus pobladores escapaban de los conflictos armados mundiales, ahora vienen nuestros hermanos de países limítrofes en búsqueda de trabajo. Que en el seno de ellos quizá venga algún malandrín, ¿quién lo duda? ¿O acaso nos olvidamos que durante años los españoles nos trataron a los latinoamericanos, peyorativamente, de “sudacas”?

Siento un gran disgusto ante el trato descortés hacia los ciudadanos bolivianos o paraguayos. Yo me he rebelado contra algunos hombres que han sido mis amigos, y que si ellos no se han enojado, seguirán siéndolo. Pero no pienso callar. Quiero ratificar mi apoyo a las poblaciones hermanas que llegan a nuestro país. ¿O alguien cree que los Pepe, los Massone, los Montesano, los Pérez o los González nacieron en “cunas de oro”? ¡¡No!! Venían en búsqueda de un mejor destino y muchos de ellos lo encontraron. En mi caso, nieto de italianos que buscaban “la América”,  alcancé el honor de ser elegido Diputado Nacional y mantener la banca, representando a mis compatriotas, durante veinte años corridos. Sería un “malparido” si criticara a las nuevas inmigraciones, así que  no lo voy a hacer.

Las palabras expresadas por el Señor Embajador del Paraguay me han generado una gran emoción, me han producido un desequilibrio espiritual y me han llenado, no voluntariamente, los ojos con lágrimas. Por ello, a continuación quiero hacer pública, la carta que el Señor Embajador de la República del Paraguay,  sentidamente, escribió:

LORENZO A. PEPE
Diputado de la Naciòn
Secretario General
Ad-Honorem

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