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Aunque parezca increíble, hasta 1946 no existía en la República Argentina un organismo estatal encargado de velar por la salud de su población. Existía en cambio un Ministerio de Agricultura que tenía una Dirección de Sanidad Vegetal y Animal. Interesaba mas la salud de los animales porque estos tenían un buen precio, en cambio un hombre no se cotizaba ni en feria, ni en mercados. Esta era la Argentina que nosotros encontramos.

Se combatía la garrapata y la langosta en el norte, pero el paludismo que diezmaba su población no había llamado la atención de los poderes políticos. La lepra en el Litoral era un problema serio. La tuberculosis y la sífilis eran verdaderos flagelos nacionales, ayudados por la incuria de las autoridades. El tifus exantemático, la brucelosis, el quiste hidático y numerosas enfermedades iban tomando formas crónicas en sectores de población regional.

Una de las primeras medidas de nuestro Gobierno, en 1946, fue crear el Ministerio de Salud Pública, el cual recibió la misión de organizar la sanidad argentina, establecer normas generales de profilaxis, estudiar los problemas planteados por las enfermedades endémicas, lanzar una acción decidida para terminarlas y organizar las medicinas preventivas y curativas del país.

Sería largo de historiar la acción proficua y decidida de este primer Ministerio de Salud Pública, pero algunos datos estadísticos serán elocuentes reflejos de esta acción. Mediante un nuevo método de «dedetización» sistemática, se terminó con el paludismo en sólo dos años de acción intensa y no se conocen nuevos casos.

En 1946 el índice de mortalidad por tuberculosis era de 130 por cien mil; en 1954 ese mismo índice era de 36 por cien mil. La sífilis y las enfermedades venéreas han desaparecido en su casi totalidad con el empleo adecuado de los modernos antibióticos. La lepra ha sido circunscripta a los leprosarios preparados y habilitados, que han permitido el aislamiento conveniente, evitando las transmisiones ambulativas.

De la misma manera se ha terminado con las epidemias de tifus exantemático, brucelosis, etcétera.

La organización sanitaria asegura ahora una vigilancia estatal sobre toda epidemia propia o emigratoria, de modo que podemos afirmar que, por primera vez, la población argentina está realmente protegida contra ese peligro siempre latente. La medicina preventiva ha recibido un impulso extraordinario. Las revisaciones periódicas, los catastros pulmonares permanentes, desconocidos en nuestro país, van siendo generalizados en casi todo el territorio. Solamente Sanidad Escolar y la Fundación Eva Perón revisan y catastran anualmente a mas de un millón de niños que son seguidos atentamente en su desarrollo. Ese mismo proceso preventivo, se extiende aceleradamente a la población obrera de fábricas y talleres. Podrán morir argentinos por miseria fisiológica, pero ya no mueren mas por miserias sociales. Los médicos nos han ayudado a nosotros los estadistas curando, pero no hemos nosotros ayudados menos a los médicos con las medidas sociales de mejoramiento en la alimentación y profilaxis que un mejor standard de vida trae aparejadas.

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