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El 11 de febrero se cumplieron 205 años de la Batalla de Chacabuco luego del Cruce de los Andes, que nuestro Padre de la Patria General Don José de San Martín hiciera en un acto de arrojo extraordinario para la época y cansado como estaba el Ejército de los Andes, con ayuda de voluntarios chilenos y el que luego sería el mariscal “Bernardo O’Higgins”, una batalla en que quedó para la historia y el futuro tanto del pueblo chileno como del nuestro: la batalla de Chacabuco.
Nos invitó el Ejército y nos invitó el Instituto Sanmartiniano, un compañero y amigo “Eduardo García Caffi”. Y como todos los años que eso ocurre, estuvimos presentes con una ofrenda floral que no era floral, que era absolutamente de laureles tal cual en la vieja Grecia, homenajeaban a sus héroes y a sus valientes; el laurel simboliza eso. Nosotros lo colocamos en una corona con una cinta grande que dice: Instituto Nacional Tte. Gral. Juan Domingo Perón. Y lo colocamos al pie del monumento en la plaza San Martín donde está la esfinge llevada a cabo por un artista de origen francés, pero que yo no he visto otra igual en ninguna parte.
En una oportunidad de viajar a Chile vi una esfinge del Gral. José de San Martín, pero no como ésta, no como la que nosotros tenemos, en la que junto con los trabajadores que me acompañan en el Instituto, y al pie de la estatua rodeada por un batallón de Granaderos a Caballo (foto que ustedes verán acompañando este escrito), inclinamos respetuosos la cabeza, y luego fuimos a nuestro lugar a pleno sol y con mucho calor, a escuchar los discursos de los historiadores y también de los militares, tantos chilenos: el coronel militar chileno agregado a la Embajada de Chile en Argentina; y un capitán del Ejército Argentino que compone parte del Regimiento de Granaderos a Caballo, que también dijo lo suyo.
Les digo a mis compañeros y compañeras, fue un acto emotivo.
No se las razones pero el clarín y el ruido del tamboreteo de la banda militar, me crea una sensación muy particular.
Me remonta al comienzo de mi vida, en la escuela primaria. Cuando nos empezaron a enseñar. Recuerdo el nombre de la primera señorita en primero inferior porque como no había escuelas que prepararan a los chiquitos, de 4 y 5 años, lo hacía en la primaria del Estado, donde te enseñaban lo elemental y con guardapolvo blanco, símbolo de la igualdad.
Me emocionó. Recuerdo a la señorita Teresita, una mujer de más de 60 años, para todos los pibitos era “la señorita”, o “la seño”. Fue un lindo momento, fugaz como son todos los recuerdos. Un golpe que te sacude y emociona, a veces te arrancan las lágrimas cuando mezclas a los seres queridos que ya no están. Y aparece un lagrimón.
Yo no aflojo. No. Para nada. Aguanté cosas peores. Desde atentados a balazos para matarme a un amigo del alma, y un compañero del corazón que iba al lado mío. No eran para él los tiros, los balazos. Eran para mí. El miserable asesino apuntó mal. Y mató a un amigo que no había sido amenazado. Yo sí.
Con el paso del tiempo en 1968, con un hombre no peronista “Antonio Cipione” (hombre de la UCR), la CGT de los argentinos, que nosotros fundamos, nos envió a romper con el colaboracionismo que un grupo sindical se había planteado nada menos que con la dictadura de Juan Carlos Onganía, un miserable.
Nos envió la CGT de los argentinos (cuya Secretaria General se hizo cargo Reimundo Ongaro, el mejor de todos nosotros) a San Miguel de Tucumán, para ponernos al frente de la protesta de los compañeros de la FOTIA, que había dejado sin trabajo a 10 mil trabajadores. Después del Tedeum y de unas palabras que yo dije al pie del altar de la parroquia en la que se llevó a cabo el encuentro religioso, padres y madres, muchos de ellos con sus hijos, salimos a hacer una columna en protesta sobre la ciudad céntrica de Tucumán. No pudimos llegar, la caballería policial cargo sobre la columna. Rompieron la columna y nos separaron a Antonio y a mí, nos subieron a una camioneta, empezaron a girar alrededor de la ciudad hasta alejarse, hicieron noche frente a un vado, vale decir un rio seco, hilo de agua tenue, y cargaron las armas; nos hicieron bajar “vayan hijos de puta, pónganse de espalda”, ahí donde está el río, no había río, pero nos pusimos de espalda con el gringo Cipione.
Escuchamos el ruido cuando cargaron las armas, fue un momento difícil pero ninguno perdimos conciencia del momento que vivíamos y creo que ambos estábamos dispuestos a bancarnos lo que estaban preparando.
Luego de un par de minutos, “pónganse de frente, hijos de puta”. Nos pusimos de frente, y bajaron las armas. No dispararon y nosotros pegamos en el borde de lo que podía haber sido uno de los tantos asesinatos que la fuerza pública aplicó sobre la sociedad argentina en aquellos tiempos.
Eso fue un 1ro de Mayo de 1968.
Todo se me agolpa en la cabeza. Y tengo como vía de escape esto que estoy haciendo, contárselo a todos ustedes.
Yo sé que a algunos les caerá redundante y no tendrá ningún valor. Para mí sí lo tiene. Gracias compañeros por ponerme y prestarme un rato la mirada y la oreja.
Fuerte abrazo peronista

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